Del ovillo
enmarañado de la memoria, de la
oscuridad, de los
nudos ciegos, tiro de un hilo
que me aparece
suelto.
Lo libero poco a
poco, con miedo de que se
deshaga entre mis
dedos.
Es un hilo largo,
verde y azul, con olor a cieno,
y tiene la blandura
caliente del lodo vivo.
Es un río.
Me corre entre las
manos, ahora mojadas.
Toda el agua me pasa
por entre las palmas
abiertas, y de
pronto no sé si las aguas nacen
de mí o hacia mí
fluyen.
Sigo tirando, no ya
sólo memoria, sino el propio
cuerpo del río.
Sobre mi piel
navegan barcos, y soy también los
barcos y el cielo
que los cubre y los altos
chopos que
lentamente se deslizan sobre la
película luminosa
de los ojos.
Nadan peces en mi
sangre y oscilan entre dos aguas
como las llamadas
imprecisas de la memoria.
Siento la fuerza de
los brazos y la vara que los
prolonga.
Al fondo del río y
de mí, baja como un lento
y firme latir del
corazón.
Ahora el cielo está
más cerca y cambió de color.
Y todo él es verde
y sonoro porque de rama en
rama despierta el
canto de las aves.
Y cuando en un ancho
espacio el barco se detiene,
mi cuerpo desnudo
brilla bajo el sol, entre el
esplendor mayor que
enciende la superficie de
las aguas.
Allí se funden en
una sola verdad los recuerdos
confusos de la
memoria y el bulto súbitamente
anunciado del
futuro.
Un ave sin nombre
baja de no sé dónde y va a
posarse callada
sobre la proa rigurosa del barco.
Inmóvil, espero que
toda el agua se bañe de azul
y que las aves digan
en las ramas por qué son
altos los chopos y
rumorosas sus hojas.
Entonces, cuerpo de
barco y de río en la dimensión
del hombre, sigo
adelante hasta el dorado
remanso que las
espadas verticales circundan.
Allí, tres palmos
enterraré mi vara hasta la piedra
viva.
Habrá un gran
silencio primordial cuando las
manos se junten con
las manos.
Después lo sabré
todo.
José Saramago