PROTOPOEMA

Del ovillo enmarañado de la memoria, de la
oscuridad, de los nudos ciegos, tiro de un hilo
que me aparece suelto.
Lo libero poco a poco, con miedo de que se
deshaga entre mis dedos.
Es un hilo largo, verde y azul, con olor a cieno,
y tiene la blandura caliente del lodo vivo.
Es un río.
Me corre entre las manos, ahora mojadas.
Toda el agua me pasa por entre las palmas
abiertas, y de pronto no sé si las aguas nacen
de mí o hacia mí fluyen.
Sigo tirando, no ya sólo memoria, sino el propio
cuerpo del río.
Sobre mi piel navegan barcos, y soy también los
barcos y el cielo que los cubre y los altos
chopos que lentamente se deslizan sobre la
película luminosa de los ojos.
Nadan peces en mi sangre y oscilan entre dos aguas
como las llamadas imprecisas de la memoria.
Siento la fuerza de los brazos y la vara que los
prolonga.
Al fondo del río y de mí, baja como un lento
y firme latir del corazón.
Ahora el cielo está más cerca y cambió de color.
Y todo él es verde y sonoro porque de rama en
rama despierta el canto de las aves.
Y cuando en un ancho espacio el barco se detiene,
mi cuerpo desnudo brilla bajo el sol, entre el
esplendor mayor que enciende la superficie de
las aguas.
Allí se funden en una sola verdad los recuerdos
confusos de la memoria y el bulto súbitamente
anunciado del futuro.
Un ave sin nombre baja de no sé dónde y va a
posarse callada sobre la proa rigurosa del barco.
Inmóvil, espero que toda el agua se bañe de azul
y que las aves digan en las ramas por qué son
altos los chopos y rumorosas sus hojas.
Entonces, cuerpo de barco y de río en la dimensión
del hombre, sigo adelante hasta el dorado
remanso que las espadas verticales circundan.
Allí, tres palmos enterraré mi vara hasta la piedra
viva.
Habrá un gran silencio primordial cuando las
manos se junten con las manos.
Después lo sabré todo.

José Saramago

Canto a la lectura

    Antonio José Bolívar
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    Sabía leer.
    Fue el descubrimiento más importante de toda su vida. Sabía leer. Era poseedor del antídoto contra el ponzoñoso veneno de la vejez. Sabía leer. Pero no tenía qué leer.
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    Te traje dos libros.
    Al viejo se le encendieron los ojos.
    -¿De amor?
    El dentista asintió.
    Antonio José Bolívar Proaño leía novelas de amor,  y en cada uno de sus viajes el dentista le proveía de lectura.
    -¿Son tristes? -preguntaba el viejo.
    -Para llorar a mares -aseguraba el dentista.
    -¿Con gentes que se aman de veras?
    -Como nadie ha amado jamás.
    -¿Sufren mucho?
    - Casi no pude soportarlo -respondía el dentista.
    Pero el doctor Rubicundo Loachamín no leía novelas.
  Cuando el viejo le pidió el favor de traerle lectura, indicando muy claramente sus preferencias, sufrimientos, amores desdichados y finales felices, el dentista sintió que se enfrentaba a un encargo difícil de cumplir. 
    Pensaba que haría el ridículo entrando a una librería de Guayaquil para pedir: "Déme una novela bien triste, con mucho sufrimiento a causa del amor, y con final feliz"
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    Una tarde, mientras retozaba con Josefina
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vio un lote de libros encima de la cómoda.
    -¿Tú lees? - preguntó.
    -Sí. Pero despacio -contestó la mujer.
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    A partir de aquella tarde Josefina alternó sus deberes de dama de compañía con los de crítico literario, y cada seis meses seleccionaba las dos novelas que, a su juicio, deparaban mayores sufrimientos, las mismas que más tarde Antonio José Bolívar Proaño leía en la soledad de su choza frente al río Nangaritza.

Fragmentos del libro
"Un viejo que leía novelas de amor"  de Luís Sepúlveda