En el aire que respiramos existen los llamados gases inertes. Lle-
van extraños nombres griegos, de raíz culta, que significan «el
Nuevo», «el Oculto», «el Inactivo», «el Extranjero». Tan inertes
son, efectivamente, y tan pagados están de sí mismos que no in-
terfieren en reacción química alguna ni se combinan con ningún
otro elemento, y precisamente por eso han pasado inadvertidos
durante siglos. Hay que llegar a 1962 para que, tras largos e in-
geniosos esfuerzos, un químico de buena voluntad lograse
obligar al Extranjero (el xenón) a combinarse fugazmente con
el avidísimo y no menos vivaz flúor, y la hazaña se consideró tan
extraordinaria que le valió el Premio Nobel. También se llaman
gases nobles, aunque aquí se podría discutir si todos los nobles
realmente son inertes y si todos los inertes son nobles; se les lla-
ma también, por último, gases raros, a despecho de que uno de
ellos, el Inactivo, esté presente en el aire en la respetable propor-
ción de un 1 por 100, lo cual quiere decir que es veinte o trein-
ta veces más abundante que el anhídrido carbónico, sin el cual
no existirían rastros de vida sobre nuestro planeta.
fragmento de "El Sistema periódico", libro de Primo Levi