No te conoce el toro ni la higuera,
ni caballos ni hormigas de tu casa.
No te conoce tu recuerdo mudo
porque te has muerto para siempre.
No te conoce el lomo de la piedra,
ni el raso negro donde te destrozas.
No te conoce tu recuerdo mudo
porque te has muerto para siempre.
El otoño vendrá con caracolas,
uva de niebla y montes agrupados,
pero nadie querrá mirar tus ojos
porque te has muerto para siempre.
Porque te has muerto para siempre,
como todos los muertos de la Tierra,
como todos los muertos que se olvidan
en un montón de perros apagados.
No te conoce nadie. No. Pero yo te canto.
Yo canto para luego tu perfil y tu gracia.
La madurez insigne de tu conocimiento.
Tu apetencia de muerte y el gusto de su boca.
La tristeza que tuvo tu valiente alegría.
Tardará mucho tiempo en nacer, si es que nace,
un andaluz tan claro, tan rico de aventura.
Yo canto su elegancia con palabras que gimen
y recuerdo una brisa triste por los olivos.
Federico García Lorca, 1935
LA CIUDAD INVISIBLE
VERDE
Verde
está llena de rincones frescos y plazas floridas. En verano nunca falta una
sombra bajo la que descansar. Las hiedras trepan por las paredes. Saltan de
casa en casa y tejen una red de caminos aéreos por los que puedes pasear sin
necesidad de pisar la calle.
El
agua es abundante. Hay glorietas con fuentes y plazas llenas de bancos regadera,
cada uno tiene sus recipientes para que a la vez que descansas puedas meter los
pies y empaparte lo necesario.
Todos
sus habitantes son verdes. Los hay que tienen forma de palmera, trabajan de
vigilantes. Encontramos muchachas vestidas de lila. A veces se cruzan con las
chicas rosas y se hacen la competencia. Soy vecino de un grupo de delicadas
hortensias. Hay que tener cuidado de no rozarte con los hombres cactus y evitar
darles la mano. También hay árboles familiares con multitud de ramas.
Como
muchos jardines, la ciudad está rodeada de una tapia. Al otro lado todo es
marrón. Nadie quiere salir. Allí los habitantes son de color tierra seca. Por
eso cuando vemos que se acerca alguien con forma de ciprés, todos nos
escondemos. Son seres tristes que empujan a la gente al otro lado del muro.
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