La
Química era para Levi una vocación que implicaba una
ética
y también una estética: la ética del trabajo bien hecho, en
el
que se ponen los cinco sentidos, al que se dedican las fuerzas
mejores
de la inteligencia; la estética de la claridad y la preci-
sión,
antídoto contra las retóricas embusteras y las palabrerías
infecciosas
del fascismo, y contra las vaguedades y las indul-
gencias
de la literatura. A Primo Levi la Química le sirvió como
asidero
contra una realidad hostil durante su adolescencia de
judío
apocado, le dio una pasión intelectual vigorizadora en
medio
de la conformidad social de la Italia fascista y además,
literalmente,
le salvó la vida en Auschwitz, al permitirle la ven-
taja
crucial de trabajar al abrigo de un laboratorio durante los
meses
más fríos de un invierno que habría sido letal para él,
como
lo fue para tantos otros, si hubiera tenido que soportar-
lo
a la intemperie.
Fragmento de Primo Levi: el testigo sin descanso