Una gran verdad

Mi cambio de ropa había bastado para dejarlos descolocados. Hoy sigo preguntándome si, al fin y al cabo., el mundo no pasa de ser apariencia. si tienes la  cara acartonada y un saco de yute cubriendo una tripa vacía, eres un pobre. Si te lavas la cara , te peinas un poco y te pones un pantalón limpio, ya eres otro. De tan poco depende...

Fragmento del libro: Lo que el día debe a la noche, de Yasmina Khadra

El futuro

Y sé muy bien que no estarás.
No estarás en la calle,
en el murmullo que brota de noche
de los postes de alumbrado,
ni en el gesto de elegir el menú,
ni en la sonrisa que alivia
los completos de los subtes,
ni en los libros prestados
ni en el hasta mañana.

No estarás en mis sueños,
en el destino original
de mis palabras,
ni en una cifra telefónica estarás
o en el color de un par de guantes
o una blusa.
Me enojaré amor mío,
sin que sea por ti,
y compraré bombones
pero no para ti,
me pararé en la esquina
a la que no vendrás,
y diré las palabras que se dicen
y comeré las cosas que se comen
y soñaré las cosas que se sueñan
y sé muy bien que no estarás,
ni aquí adentro, la cárcel
donde aún te retengo,
ni allí fuera, este río de calles
y de puentes.
No estarás para nada,
no serás ni recuerdo,
y cuando piense en ti
pensaré un pensamiento
que oscuramente
trata de acordarse de ti.


 Poema de Julio Cortázar              Julio Cortázar, hoy, cien años.

PROTOPOEMA

Del ovillo enmarañado de la memoria, de la
oscuridad, de los nudos ciegos, tiro de un hilo
que me aparece suelto.
Lo libero poco a poco, con miedo de que se
deshaga entre mis dedos.
Es un hilo largo, verde y azul, con olor a cieno,
y tiene la blandura caliente del lodo vivo.
Es un río.
Me corre entre las manos, ahora mojadas.
Toda el agua me pasa por entre las palmas
abiertas, y de pronto no sé si las aguas nacen
de mí o hacia mí fluyen.
Sigo tirando, no ya sólo memoria, sino el propio
cuerpo del río.
Sobre mi piel navegan barcos, y soy también los
barcos y el cielo que los cubre y los altos
chopos que lentamente se deslizan sobre la
película luminosa de los ojos.
Nadan peces en mi sangre y oscilan entre dos aguas
como las llamadas imprecisas de la memoria.
Siento la fuerza de los brazos y la vara que los
prolonga.
Al fondo del río y de mí, baja como un lento
y firme latir del corazón.
Ahora el cielo está más cerca y cambió de color.
Y todo él es verde y sonoro porque de rama en
rama despierta el canto de las aves.
Y cuando en un ancho espacio el barco se detiene,
mi cuerpo desnudo brilla bajo el sol, entre el
esplendor mayor que enciende la superficie de
las aguas.
Allí se funden en una sola verdad los recuerdos
confusos de la memoria y el bulto súbitamente
anunciado del futuro.
Un ave sin nombre baja de no sé dónde y va a
posarse callada sobre la proa rigurosa del barco.
Inmóvil, espero que toda el agua se bañe de azul
y que las aves digan en las ramas por qué son
altos los chopos y rumorosas sus hojas.
Entonces, cuerpo de barco y de río en la dimensión
del hombre, sigo adelante hasta el dorado
remanso que las espadas verticales circundan.
Allí, tres palmos enterraré mi vara hasta la piedra
viva.
Habrá un gran silencio primordial cuando las
manos se junten con las manos.
Después lo sabré todo.

José Saramago

Canto a la lectura

    Antonio José Bolívar
.......................................
    Sabía leer.
    Fue el descubrimiento más importante de toda su vida. Sabía leer. Era poseedor del antídoto contra el ponzoñoso veneno de la vejez. Sabía leer. Pero no tenía qué leer.
.......................................
    Te traje dos libros.
    Al viejo se le encendieron los ojos.
    -¿De amor?
    El dentista asintió.
    Antonio José Bolívar Proaño leía novelas de amor,  y en cada uno de sus viajes el dentista le proveía de lectura.
    -¿Son tristes? -preguntaba el viejo.
    -Para llorar a mares -aseguraba el dentista.
    -¿Con gentes que se aman de veras?
    -Como nadie ha amado jamás.
    -¿Sufren mucho?
    - Casi no pude soportarlo -respondía el dentista.
    Pero el doctor Rubicundo Loachamín no leía novelas.
  Cuando el viejo le pidió el favor de traerle lectura, indicando muy claramente sus preferencias, sufrimientos, amores desdichados y finales felices, el dentista sintió que se enfrentaba a un encargo difícil de cumplir. 
    Pensaba que haría el ridículo entrando a una librería de Guayaquil para pedir: "Déme una novela bien triste, con mucho sufrimiento a causa del amor, y con final feliz"
..........................................
    Una tarde, mientras retozaba con Josefina
..........................................
vio un lote de libros encima de la cómoda.
    -¿Tú lees? - preguntó.
    -Sí. Pero despacio -contestó la mujer.
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    A partir de aquella tarde Josefina alternó sus deberes de dama de compañía con los de crítico literario, y cada seis meses seleccionaba las dos novelas que, a su juicio, deparaban mayores sufrimientos, las mismas que más tarde Antonio José Bolívar Proaño leía en la soledad de su choza frente al río Nangaritza.

Fragmentos del libro
"Un viejo que leía novelas de amor"  de Luís Sepúlveda

LA NIÑA FEA

La niña tenía la cara oscura y los ojos como endrinas. La niña llevaba el cabello partido en dos mechones, trenzados a cada lado de la cara. Todos los días iba a la escuela, con su cuaderno lleno de letras y la manzana brillante de la merienda. Pero las niñas de la escuela le decían "Niña fea"; y no le daban la mano, ni se querían poner a su lado, ni en la rueda ni en la comba: "Tú vete, niña fea". La niña fea se comía su manzana , mirándolas desde lejos, desde las acacias, junto a los rosales silvestres, las abejas de oro, las hormigas malignas y la tierra caliente de sol. Allí nadie le decía: "Vete"
..................

En nombre de todas "Las niñas feas",  gracias a   Ana Mª Matute.

MADRE FANTASMA

Cuando murió nuestro padre, mi madre se convirtió en un fantasma. Éramos seis hermanos y no nos permitieron acudir al sepelio. La costumbre sólo exigía la asistencia de los adultos. A nosotros nos dejaron con la abuela.

Tres días después, los seis vestidos de negro, volvimos a casa. Como era el mayor yo encabezaba la fila. Entramos sin separarnos. Recorrimos la vivienda habitación por habitación porque no sabíamos si algo habría cambiado, pero vimos que todo seguía igual: el vestíbulo parecía recién barrido, en las alcobas las camas lucían como siempre sus colchas inmaculadas y en el hornillo el guiso hervía despacio. Salimos al patio. En una esquina nuestra caja de los juguetes esperaba compañía. Las losas estaban húmedas y las flores habían sido regadas. Pero todos nos preguntábamos dónde estaba mamá.

En vista de que no la encontramos por ninguna parte me tocó hacer su papel durante todo el día. Por la noche ya acostados creímos oírla por la cocina y eso nos tranquilizó. Hasta nos pareció sentir en sueños su beso de buenas noches.
Al despertarnos a la mañana siguiente seguía sin estar en casa. Aunque el desayuno nos esperaba en la mesa. Pensando que se había ido a hacer la compra, nos fuimos al colegio.

Así pasó un día tras otro y mamá seguía sin aparecer. Al preguntarle a la abuela si sabía dónde estaba, nos miraba sorprendida creyendo que le estábamos gastábamos una broma. Andará haciendo recados, o trabajando. Hace bastantes días que no la veo. Ahora está tan ocupada….

Lo raro era que en casa todo aparecía perfectamente ordenado. La ropa nos esperaba planchada encima de la silla. El desayuno dispuesto en la cocina. Las habitaciones limpias. Incluso el patio estaba regado. Y al volver del colegio, la comida lista para echarla en los platos. Pero ni rastro de mamá.

Hubo noches en que me despertaba un rumor de pasos y susurro de voces. Salía al pasillo llamándola, pero o tropezaba con el gato, o con alguno de mis hermanos que iba a beber agua. Antes de volver a mi cama entraba en su habitación, por si la encontraba acostada.

Sin embargo el dormitorio seguía vacío. Ni siquiera su ropa estaba sobre el solitario galán de noche. Sólo había una sábana blanquísima tirada en el suelo. Olía como ella. Apenado la recogía y la depositaba con mimo sobre el edredón preguntándome cuándo dejaría de jugar.

ENCUENTROS



Este verano encontré un ojo tirado en la acera. Al mirarlo sorprendido sentí su llamada de socorro. Me incliné y lo cogí suavemente. Su tristeza mojó mis dedos. Al asomarme a su pupila pude ver al hombre que lo había perdido y el hueco negro que había dejado en su cara. Rabioso de dolor lo buscaba con insistencia. Lo guardé con cuidado en la mano para que no sufriera ningún daño y empecé a recorrer la ciudad para localizar a su dueño.

Durante toda la tarde estuve pendiente de él, mirándolo de reojo para no molestarlo. Me conmovía su tristeza, pero al ir pasando las horas cada vez estaba más enfadado. Había momentos en que daba pequeños saltos haciéndome creer que iba a lanzarse al suelo.  Hubo un momento en que me pareció ver en su mirada un chispazo torvo. Este ojo era diferente de los ojos sinceros que conocía. Pero después de varias horas juntos le fui restando importancia. Él cada vez estaba más indignado. Cansado de sentir su humedad en mi bolsillo compré una cajita donde dejarlo para evitar que se estropeara.

Lo puse sobre un trozo de algodón, con cuidado, como si fuera una joya. Me miró furioso. Seguí paseando por las calles intentando averiguar dónde había un tuerto que lo necesitara. Todos los que encontré ya se habían conformado con su suerte, llevaban un ojo de cristal, o aspiraban a uno del mismo color al que ya tenían. Nadie lo quiso. Con el tiempo decidí no llevarlo conmigo y lo olvidé en un cajón.

Una noche volvía tan ensimismado a casa que no pude evitar tropezarme con un tipo y su navaja. Era una sombra oscura que me sujetó con fuerza. Al quedar su cara cerca de la mía distinguí su mirada torva. Esa mirada me era familiar. Todo fue rápido. Ni siquiera tuve tiempo de decirle que sabía dónde estaba su ojo.

EL GUANTE



La noche oscura vino a buscar a la niña pálida. Ya nadie toca las teclas blancas y negras de su piano. Su osamenta olvidada es una sombra tenebrosa en medio de la sala. Su tapa cerrada se resigna a que la lluvia de polvo se pose sobre ella lavándole el brillo. Pero todas las noches un diminuto guante blanco, espera a que todo esté en penumbra para acercarse al piano negro, le retira el polvo y las telas de araña, y como una pluma, acaricia sus teclas dejando que una melodía fantasma se extienda por toda la casa.      

ITINERARIO

No podía esperar que las palabras
nos mostrasen, de noche, sus almas de cristal.
No podía esperar que los vientos
llovieran, al calmarse, soledades.
No podía esperar que, entre las horas,
la incertidumbre, al alba, se durmiera
para soñar la luz de lo sublime.
No podía esperar,
pero esperaba.

José Verón Gormaz, de su libro (El naufragio perpetuo-1999)

ANIVERSARIO

"Podrán cortar todas las flores, pero jamás podrán detener la primavera"

Pablo Neruda

14 de abril

AVERROES



Averroes
Abul-Walid Muhammad ben Ahmad Ibn Rusd

(14/04/1126 - 10/12/1198)
Nació el 14 de abril de 1126 en Córdoba, España, en el año 520 de la Héjira, correspondiente con el 1126 occidental, el mismo año de la muerte de su abuelo, que había sido cadí, juez de causas civiles, mayor de Córdoba al igual que su padre.

la razón prima sobre la religión
Averroes 


FELICIDADES 

ALAS



Siempre deseé volar. Desde muy pequeña, sentía una gran envidia cuando mi madre comentaba que alguien cercano a nosotros se había ido al cielo. El cielo, ese lugar lejano a donde a mí me gustaría llegar.
Allí se fueron mis abuelos, la madre de mi vecina, un hermano de mi padre. Todos conocidos y ni me había dado cuenta de cuándo les empezaron a nacer las alas. Los primeros me pillaron por sorpresa, por eso a partir del viaje de la abuela Lola,  aprovechaba cualquier ocasión para pasar despacio la mano por la espalda de mis padres, de mi hermano, y estar atenta de cuándo les comenzaban a crecer.
Compartí mi secreto con Sara, mi mejor amiga, para que me ayudara, pero me decepcionó  al decirme una tarde: se ha ido mi tía, pero no he notado nada raro en su espalda.
En mi cumpleaños me regalaron un libro con estampas de ángeles y me sentí feliz al ver que también había niños con alas. Quizá no tuviera que esperar a ser mayor.
Envidiaba a los pájaros. Me pasaba horas y horas mirándolos desde mi ventana. Vivía en el octavo piso, el más alto del edificio. Desde allí veía las copas de los árboles, incluso algún nido con los polluelos recién nacidos, todos con sus alitas.
Me llevé una gran alegría el verano que mis padres decidieron que toda la familia haríamos un viaje en avión. Mi asiento daba a la ventanilla. Desde allí veía el ala izquierda del aparato: brillante, enorme. Pero no, no eran esas alas las que yo quería para mí, pesaban mucho, no hubiera podido levantarlas.
Prefería las de los insectos. Sus alas sí que eran suaves y flexibles. Observándolos encontré a algunos con alas transparentes, otros con venitas y otras que brillaban imitando vidrieras de colores. Esas eran las que a mí más me gustaban Muchas noches soñaba que yo era una mariposa y volaba.
Un día decidí hacerme unas de papel. Saqué mi caja de manualidades y dibujé unas muy grandes. Las pinté verde agua, mi color favorito. Eran muy ligeras. Me las coloqué alrededor de los brazos y sentí su caricia. Al extenderlos noté como me elevaba. Salí al balcón volando. Estaba emocionada. Pero mi vuelo duró poco. Instantes después, las alas yacían rotas en la acera. Apenada, yo las miraba desde el aire.


POEMA A CHAUEN



CHAUEN, racimo de agua, andalusí y rifeña,

en medio de exuberantes y aromáticos vergeles.

.
Los murmullos desenvainados de sus veneros

y manantiales desgranan misteriosa salmodia.

.
En el hontanar de Ras-el-Ma, princesas moriscas

vierten sus lágrimas por el Edén perdido.

.

Sus mujeres calzan babuchas negras, en duelo

por los lirios, nardos y jazmines martirizados.

..
Sus santos sufíes, Mulay Alí Ber-Rachid

y Mulay Alí Chakur, aguardan el alba.

..
Tras las fachadas de sus hospitalarias casas,

de zócalos añiles, puertas y celosías verdes,

destellan, se entreven pupilas de hoguera.

.

.Mi corazón, amapola herida, quedó cautivo de ellas.
.
Extraído de: "DIVÁN SUFÍ y otros poemas" Mohamed Chakor

DE VITA BEATA

En un viejo país ineficiente,
algo así como España entre dos guerras
civiles, en un pueblo junto al mar,
poseer una casa y poca hacienda
y memoria ninguna. No leer,
no sufrir, no escribir, no pagar cuentas,
y vivir como un noble arruinado
entre las ruinas de mi inteligencia.


Jaime Gil de Biedma

Lamento Morisco



PEDÍ, al Tribunal de la Historia
el examen del Manuscrito verde morisco.
Un inquisidor díjome sin ambages
que es documento tabú y secreto

¿quién usurpa mi memoria y mis raíces?
¿quién decide sin apelación mi destino?
¿quién registróme en el obituario
si todavía aletea en el aire
el resuello de mis antepasados?

En cada gota del mar azul y luminoso
hay una lágrima morisca.
La injusticia es recuerdo hiriente.

Mohamed Chakor

REENCARNACIONES



Vengo desde el ayer
desde el pasado oscuro y olvidado
con las manos atadas por el tiempo
con la boca sellada desde épocas remotas

Vengo cargada de dolores antiguos,
recogidos por siglos, arrastrando
cadenas largas e indestructibles.
Vengo desde la oscuridad,
del pozo del olvido
con el silencio a cuestas,
con el miedo ancestral
que ha corroído mi alma
desde el principio de los tiempos.

Vengo de ser esclava por milenios,
esclava de maneras diferentes:
sometida al deseo de mi raptor en Persia,
esclavizada en Grecia bajo el poder romano,
convertida en vestal en las tierras de Egipto,
ofrecida a los dioses en ritos milenarios
vendida en el desierto
o canjeada como una mercancía.

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Las mujeres, por fin, lo descubrimos.
¡Somos tan poderosas como ellos
y somos muchas más sobre la tierra!
¡Más que el silencio
y más que el sufrimiento!
¡Más que la infamia
y más que la miseria!
Que este canto resuene
en las lejanas tierras de Indochina
en las arenas cálidas del África,
en Alaska y América Latina,
llamando a la igualdad entre los géneros
a construir un mundo solidario
–distinto, horizontal, sin poderíos-
a conjugar ternura, paz y vida,
a beber de la ciencia sin distingos,
a derrotar el odio y los prejuicios,
el poder de unos pocos,
las mezquinas fronteras,
a amasar con las manos de ambos sexos
el pan de la existencia.

Jenny Londoño,     Poeta ecuatoriana,

VAGÓN DE HUMO


Maela entró en la calle rodeada de sus amigas. Las tres reían y las tres llevaban calcetines cortos. Apoyado en la pared estaba Darik. Las luces acristaladas de la academia anunciaban la llegada de un verano con sabor a chocolate.
Los ojos de Darik se fijaron en la coleta de Maela. Los de Maela en el flequillo de Darik. Al entrar en clase, sus manos se rozaron. Sus carpetas cayeron desmayadas juntas y en un instante desaparecieron los compañeros.
A partir de entonces cada tarde la escena se repetía. Las horas dejaron de tener sesenta minutos. Las historias de los libros desaparecían sin ser contadas. Las hojas volaban. Las teclas de la máquina de escribir se hundían una y otra vez aporreadas por sus dedos. No les molestaba su sonido. La profesora era invisible.
A la salida los dos corrían para alcanzar el tranvía de las diez. Iba lleno. Pasaban al fondo. No había amigas. No había amigos.
Darik trabajaba la madera pero quería ser maquinista de tren y los dos se  imaginaban viajando juntos en un vagón de humo.
Para los paseos de domingo tenían una calle. Él, pantalón marino, ella pantalón marrón y los dos jersey celeste. En una de las aceras Darik había pintado una ventana desde la que, asomado, bromeaba con sus amigos.  En la otra acera Maela leía cartas. Y los dos se llamaban en silencio.
Maela le regaló a Darik una tarjeta donde había escrito su nombre. Él la invitó al cine. La oscuridad de la sala  les hizo creer que estaban solos, pero al encenderse las luces, en la butaca de al lado, de nuevo estaban los amigos.
En el baile olía a pan. Alguien puso en marcha el tocadiscos. Bailaron. La canción que sonaba era una premonición. Hablaba de una historia de amor que acababa desde el principio. Los amigos de Darik no bailaban. Revoloteaban a su alrededor imitando a un grupo de oscuros insectos. Las amigas de Maela debían estar pronto en casa. Ella no quería irse. Se la llevaron. Darik no la acompañó.
Siguieron unos meses más. Subían juntos al tranvía y andaban despacio para no llegar a casa. Hubo un beso de despedida. Fue la primera vez.
Una noche a Darik lo esperaban sus amigos en la parada. Acompañaban a una chica nueva. Maela entonces odió las faldas cortas. Todos hablaban y reían a la vez mientras se dirigían a casa. Darik  ya no veía a Maela.
Para ese viaje Maela buscó un asiento libre y durante todo el camino se entretuvo mirando por la ventanilla.



EPITAFIO

Un pájaro vivía en mí.
Una flor viajaba en mi sangre.
Mi corazón era un violín.

Quise o no quise. Pero a veces
me quisieron. También a mí
me alegraban: la primavera,
las manos juntas, lo feliz.

¡Digo que el hombre debe serlo!

(Aquí yace un pájaro.
Una flor.
Un violín.)

POEMA DE JUAN GELMAN