Este
verano encontré un ojo tirado en la acera. Al mirarlo sorprendido sentí su
llamada de socorro. Me incliné y lo cogí suavemente. Su tristeza mojó mis dedos.
Al asomarme a su pupila pude ver al hombre que lo había perdido y el hueco negro
que había dejado en su cara. Rabioso de dolor lo buscaba con insistencia. Lo guardé
con cuidado en la mano para que no sufriera ningún daño y empecé a recorrer la
ciudad para localizar a su dueño.
Durante
toda la tarde estuve pendiente de él, mirándolo de reojo para no molestarlo. Me
conmovía su tristeza, pero al ir pasando las horas cada vez estaba más
enfadado. Había momentos en que daba pequeños saltos haciéndome creer que iba a
lanzarse al suelo. Hubo un momento en
que me pareció ver en su mirada un chispazo torvo. Este ojo era diferente de
los ojos sinceros que conocía. Pero después de varias horas juntos le fui
restando importancia. Él cada vez estaba más indignado. Cansado de sentir su
humedad en mi bolsillo compré una cajita donde dejarlo para evitar que se
estropeara.
Lo
puse sobre un trozo de algodón, con cuidado, como si fuera una joya. Me miró
furioso. Seguí paseando por las calles intentando averiguar dónde había un
tuerto que lo necesitara. Todos los que encontré ya se habían conformado con su
suerte, llevaban un ojo de cristal, o aspiraban a uno del mismo color al que ya
tenían. Nadie lo quiso. Con el tiempo decidí no llevarlo conmigo y lo olvidé en
un cajón.
Una
noche volvía tan ensimismado a casa que no pude evitar tropezarme con un tipo y
su navaja. Era una sombra oscura que me sujetó con fuerza. Al quedar su cara
cerca de la mía distinguí su mirada torva. Esa mirada me era familiar. Todo fue
rápido. Ni siquiera tuve tiempo de decirle que sabía dónde estaba su ojo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario