La noche oscura vino a buscar a
la niña pálida. Ya nadie toca las teclas blancas y negras de su piano. Su
osamenta olvidada es una sombra tenebrosa en medio de la sala. Su tapa
cerrada se resigna a que la lluvia de polvo se pose sobre ella lavándole el
brillo. Pero todas las noches un diminuto guante blanco, espera a que todo esté
en penumbra para acercarse al piano negro, le retira el polvo y las telas de
araña, y como una pluma, acaricia sus teclas dejando que una melodía fantasma
se extienda por toda la casa.
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