Te mueres así, sin avisar a nadie. Te
mueres un poquito cada día, sin decir nada, en secreto, con una
mirada de esas que gritan lo que pasa, pero tan despacio, que no la
oigo. Te mueres hacia adentro, vas apagando luces, mirando los
muebles, grabando caras, recogiendo sonrisas para llevártelas al
otro lado. Ves cómo cada día es una noche más que se funde con lo
oscuro, que se muere a tus ojos en un gesto de inenarrable
solidaridad. Te mueres buscando el lado bueno, ya no molestarás más.
Ya descansarán contigo. No tendrás que madrugar jamás, no dejas un
gato huérfano, una partida sin terminar. Una tele sin pagar. Te
mueres convencido de que es lo mejor que podría pasarle a tu
recuerdo. Te mueres, con un poco, lo justo, de curiosidad.
Con la ayuda de mi profesora.