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Porque hay cosas que no se pueden contar- dijo Trafalgar ese día de
tormenta-. Estuve en un mundo sin nombre, cubierto de selvas y de
pantanos, lleno de animales monstruosos que no me llevaban el apunte,
y en un claro de la selva, en una casa de madera blanca con tela
metálica en las ventanas y una veleta en la cumbrera, había un
hombre sentado en la galería frente a una mesa tomando té. Me senté
con él y sirvió té para mí.
Le
dije que yo no tomaba té, que era adicto al café. Él me contó que
en alguna otra de sus vidas también lo había sido, de ahí el color
que había adquirido su piel. La primera vez que nació no era negro.
Que era hijo de una joven de piel muy blanca y rubios tirabuzones. Su
abuelo era dueño de una gran plantación de café, con muchos
criados y que a él lo amamantaban con la leche de su madre y el café
de su abuelo.
Después
llegó su padre, que se había pasado la vida explorando nuevas
tierras, y trajo la costumbre de beber té, pero a él ya le había
cambiado el color.
Trafalgar,
entonces, miró sus manos para cercionarse de que a él aún no le
pasaba lo mismo. Estaban blancas. Podía seguir tomando café. Una
mujer envuelta en una bata floreada le sirvió uno y luego
desapareció.
Trafalgar
le preguntó al hombre que tomaba té, cómo había llegado a ese
mundo.
El
hombre que tomaba té, adentró su mirada en la selva que los rodeaba
y en voz baja para que los animales de las múltiples orejas no
pudieran escucharlos, le explicó:
-Quise
emular las hazañas de mi padre. Él fue un gran viajero
de los desiertos. Había cruzado el Sáhara de oeste a este. Y de
allí pasó al desierto arábigo, en donde adquirió la costumbre de
beber té en vasos muy pequeños. Debido a la escasez del agua, no
usaban tazas-. Y el hombre que tomaba té siguió:
-Cuando
crecí, y le comuniqué a mi madre que quería seguir los pasos de
mi progenitor, del disgusto se le quedaron sin rizos los tirabuzones.
Así que para quedarme cerca de la familia, opté por los pantanos y
la selva. Ahora, me toca descansar y curarme. De tanta humedad me
están creciendo en las extremidades unos hilillos que semejan
raíces. Y en cuanto penetran en la tierra se agarran con tanta
fuerza que no me dejan moverme-.
De
esa manera,Trafalgar, sentado en el café Burgundy, recordaba su
viaje al “mundo sin nombre”, repitiéndolo, una y otra vez a los
camareros, y a todos los que se prestaban a oír sus aventuras.
Mientras, seguía tomando tazas de café.
Yo
escuchaba sus historias con tantas ganas, que las orejas me habían
empezado a crecer, ya me llegaban a los hombros. Trafalgar al verlas
dijo: te pareces a mi amigo Caos, tiene las orejas como tú. Él
nació así, de ahí el nombre que le puso su padre, Caos, porque eso
origino su nacimiento. La partera, cuando lo vio, abrió unos ojos
como platos al ver lo que le colgaba de la cabeza. Y la madre se
quedó sin habla. Entonces el padre se lo llevó lejos, muy lejos, a
la tierra de los pantanos donde lo conocí.
Trafalgar
interrumpió su discurso y llamó al camarero para que le sirviera
otra taza de café.
Alrededor
de su mesa se había formado un grupo de clientes ansiosos de conocer
sus aventuras. Yo me levante tratando de ocultar mis orejas. Salí a la calle.
Fuera
había empezado
a llover. Un cascarudo se metió bajo una hoja de magnolia y una gota
fría me golpeó en la frente. Después
volví al café. Eso es todo.
Escrito entre Angélica Gorodischer y yo