ILUSIÓN



Soñaba con el día de su primera comunión. Por eso fue feliz la tarde que junto con su madre y su tía fueron a comprar el vestido. Eligieron el más bonito, con muchos bordados y un velo con flores de encaje. Estaría radiante. Cómo la iban a envidiar sus amigas. Resaltaría al lado de sus humildes túnicas. Llegó la fecha. Estaba elegantísima con su vaporoso y almidonado vestido. Cada niña tenía un sitio en la iglesia. Ella destacaba. La ceremonia fue preciosa. El lazo le apretaba un poco, pero merecía la pena, así quedaba mejor. Al terminar la celebración salieron a la calle y todo fueron halagos para su vestido. La vuelta a casa la hicieron paseando tranquilamente para que todos la vieran.

INDIFERENCIA



No recuerdo ni el día ni la tienda donde compramos el vestido de la primera comunión. Yo era sólo un maniquí al que iban probándole diferentes modelos. Unos con lazos, otros sin ellos. Este con marga larga, ese de corta. Al final, las dos se decidieron por el más emperifollado. Con ese vestido no podía pasar desapercibida. En la iglesia cada niña teníamos nuestro sitio. No recuerdo nada de la ceremonia, que fuera lo que el vestido me molestaba en la cintura. Tanta obsesión con el blanco vestido y a mí me era indiferente. Sólo esperaba llegar a casa para quitármelo.

AMARGO VESTIDO



Para el día de su primera comunión le compraron un vestido blanco lleno de encajes, bordados y cintas. Era muy elegante, diferente de los que llevaban sus amigas. Aunque a ella no le gustaba ser distinta. El vestido le sonrió con dulzura cuando se lo enseñaron, pero al acariciarlo le rozó el lazo y sintió un escalofrío. Todos auguraban que sería muy feliz el día que se lo pusiera. Era domingo por la mañana cuando lo estrenó. Estaba en la ceremonia religiosa cuando empezó a sentir un dolor en la cintura como si unas tenazas se la oprimieran. Miró hacia atrás. No había nadie. Sólo estaba el lazo. Eran las manos del vestido. Sentía que la presionaban cada vez más. Nadie le ayudó.

INTRODUCCIÓN



Aquella tarde su madre le dijo que iban a comprar el vestido para la primera comunión. En la tienda les enseñaron diferentes modelos: con mangas, sin ellas, con muchos bordados, sin lazos. Escogieron el que a la madre le pareció más elegante. Su tía opinó igual. A ella le gustaba otro más sencillo. Había visto las túnicas de sus amigas y no le gustaba ser diferente. Llegó el domingo y se vistió para la ceremonia. El volumen del vestido era enorme. Luego estaba el velo, las cintas, el gran lazo en la parte de atrás. En la iglesia cada niña tenía su sitio marcado. La celebración fue larguísima. La mayor parte de ella se la pasó pensando en lo mucho que le habían apretado el lazo de la cintura. Le hacía daño. Estaba deseando que terminara para marcharse a casa y quitarse el vestido.

BANDERAS ROTAS

He puesto sobre mi mesa todas las banderas rotas
las que nos rompió la vida , la lluvia y la ventolera
de nuestra dura derrota.
Rota permanece aquella que levantamos al cielo
pensando que la justicia crecería como un vuelo
de gaviotas sobre el mar
y vimos cómo al final sólo nos quedó el recuerdo
de un mástil desarbolado y unos jirones de tela
rotos por el vendaval.
Rota permanece aquella que ponía libertad
y que aupamos convencidos que al terminar la batalla
ésta íbamos a ganar
pero todo fue una amarga e inútil desesperanza
cuando vimos que las huellas de los grilletes dejaban
duras marcas sin borrar.
He puesto sobre mi mesa...

Poesía de José Antonio Labordeta

Querida Mary, Querido John

Al entrar en la casa abandonada, tropiezo, y un florero que estaba sobre la mesa cae. Queda roto y las flores desparramadas por el suelo. Asustada, me agacho a recoger los restos. Entre ellos hay un papel doblado, amarillento por el paso del tiempo. Es una carta. Me siento en un vetusto y arrinconado sofá. Y desplegándola despacito, leo:


New York, 19 de noviembre de 1925

Mi querida Mary:

De nuevo estoy en la ciudad. Me hospedo en el hotel de siempre. He pedido la habitación que compartimos ¡qué gratos recuerdos me trae! Por fin soy libre. He roto todos los lazos con el pasado. ¿Y tú? Espero tu llegada con impaciencia.

Te quiere

John

Miro a mi alrededor. Las paredes de la habitación están llenas de fotografías ajadas. ¿Cuál de esas personas sería Mary? ¿Está John en alguna de ellas? ¿Lograrían su sueño?

Recojo los restos del jarrón con cuidado. Dejo la carta junto con las flores sobre la mesa, y vuelvo al hotel.

Tarde de viernes

Me pasé la tarde imaginando relatos fantásticos. Los adorné con flores. A los sencillos les puse violetas, a los más sensuales, azahar. A cada uno lo metí en una bolsa, lo até con un lazo etéreo y los regalé a las personas que venían a visitarme. A unas les gustaron, a otras no. Pero todas me lo agradecían con una sonrisa.

Pensamiento

No siempre los mejores, consiguen lo mejor.

ESPEJOS

En los espejos se esconde la gente. Cuando me miro, se que me observan. Al pasar por delante de ellos, sus ojos invisibles me siguen. Si giro la cabeza para sorprenderlos, han desaparecido. Pero sé que están ahí, oigo sus susurros. Sus miradas me atraen

La isla de nunca jamás


Descubrí el lugar cuando era pequeña y todavía tenía coletas. Iba las tardes de domingo acompañando a mi tía y al que luego fue su marido. Estaba cerca del pueblo, entre dos montes, en un barranco tan pequeño y poco profundo que todos lo conocían como “el Barranquillo”. Era de fácil acceso, llegábamos a él remontando un poco la ladera. Desde arriba veías una roca que imitaba a una enorme concha de tortuga, muy lisa. Sólo la cruzaban algunas pequeñas hendiduras como finas líneas, por donde corrían hilillos de agua. También corría el agua a su alrededor, muy despacio, abrazándola como si de una delgada soga se tratara. Los juncos crecían en abundancia en su entorno alcanzando la altura suficiente para sentirte aislada del mundo. Si seguías subiendo, el barranco se estrechaba y encontrabas pequeñas pozas donde el agua descansaba.
Sentada sobre aquella piedra a la solana de las tardes festivas, construía barcos con las varas de los juncos y acompañada de mis cuentos y mi fantasía me convertía en un pirata navegando por el mar. Sólo me faltaba la tripulación. Para encontrarla tuve que esperar unos años hasta que crecieron mis primos. Entonces íbamos los tres a la que en secreto llamábamos “nuestra isla”. Allí navegamos, vivimos aventuras, y exploramos tierras desconocidas hasta entonces para nosotros.

LOS COLORES DE LA VIDA

Hoy mi hija ve la vida así.  Espero que os guste porque siempre hay motivos para los colores.