Para el día de su primera comunión le compraron un vestido blanco lleno de encajes, bordados y cintas. Era muy elegante, diferente de los que llevaban sus amigas. Aunque a ella no le gustaba ser distinta. El vestido le sonrió con dulzura cuando se lo enseñaron, pero al acariciarlo le rozó el lazo y sintió un escalofrío. Todos auguraban que sería muy feliz el día que se lo pusiera. Era domingo por la mañana cuando lo estrenó. Estaba en la ceremonia religiosa cuando empezó a sentir un dolor en la cintura como si unas tenazas se la oprimieran. Miró hacia atrás. No había nadie. Sólo estaba el lazo. Eran las manos del vestido. Sentía que la presionaban cada vez más. Nadie le ayudó.
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