Nací dos meses después que tú en el
mismo edificio. Tú en el piso principal, yo en la portería.
Eso hizo que siempre fuera tu sombra. Si te oía llorar, lloraba. Si
te oía jugar, quería reír contigo. Las dos éramos la hija
segunda, pero tú fuiste la deseada, yo, la repetida. Para ti el
gorrito rosa, para mí el azul que gritaba a todos los que se
asomaban a mi carrito, a quién esperaban en casa. Las dos con abrigo
blanco.
Fui la primera en andar, mientras
daba los primeros pasos tú mirabas sentada mis equilibrios, pero a
los pocos meses ahí estaba la lesión en mi cadera. Y fuiste tú la
que más corría.
De la mano entramos en el aula: batas
iguales, lazo en la cabeza, compañeras de pupitre. Sin embargo, tú
destacaste enseguida entre todas las niñas por lo rápido que
aprendías. A mí apenas me daba tiempo de entender lo que explicaba
la profesora, eras tú la que me ayudaba con los deberes.
Crecimos amigas, juegos, complicidad,
secretos, hasta que te fuiste a vivir a la ciudad. Te marchaste a
estudiar en la universidad. Yo conseguí un trabajo en el pueblo y
aquí me encontrabas cada vez que volvías a casa de tus padres.
Nos vimos poco a partir de que te
convertiste en una importante ejecutiva de una multinacional porque
estabas muy ocupada. Tu madre no dejaba de repetirlo.
Ni tú con tu vida de éxitos, ni yo
con mi vida entre sombras, teníamos pareja. En eso las dos éramos
iguales.
Viniste a verme al enterarte de que
estaba en el hospital. Me contaste todos tus proyectos y yo también
te expliqué mis planes para cuando saliera de la clínica.
Ahora estamos otra vez juntas,
mirándonos, cada una a un lado del cristal. Yo con los ojos
cerrados, tú llorosos. Tú siempre espléndida luciendo un elegante
abrigo de paño negro. Yo discreta, dentro de un saco blanco. Tú
viva. Yo muerta. Esta vez si he sido la primera.
de mi libro "Relatos negros"