MADRE FANTASMA

Cuando murió nuestro padre, mi madre se convirtió en un fantasma. Éramos seis hermanos y no nos permitieron acudir al sepelio. La costumbre sólo exigía la asistencia de los adultos. A nosotros nos dejaron con la abuela.

Tres días después, los seis vestidos de negro, volvimos a casa. Como era el mayor yo encabezaba la fila. Entramos sin separarnos. Recorrimos la vivienda habitación por habitación porque no sabíamos si algo habría cambiado, pero vimos que todo seguía igual: el vestíbulo parecía recién barrido, en las alcobas las camas lucían como siempre sus colchas inmaculadas y en el hornillo el guiso hervía despacio. Salimos al patio. En una esquina nuestra caja de los juguetes esperaba compañía. Las losas estaban húmedas y las flores habían sido regadas. Pero todos nos preguntábamos dónde estaba mamá.

En vista de que no la encontramos por ninguna parte me tocó hacer su papel durante todo el día. Por la noche ya acostados creímos oírla por la cocina y eso nos tranquilizó. Hasta nos pareció sentir en sueños su beso de buenas noches.
Al despertarnos a la mañana siguiente seguía sin estar en casa. Aunque el desayuno nos esperaba en la mesa. Pensando que se había ido a hacer la compra, nos fuimos al colegio.

Así pasó un día tras otro y mamá seguía sin aparecer. Al preguntarle a la abuela si sabía dónde estaba, nos miraba sorprendida creyendo que le estábamos gastábamos una broma. Andará haciendo recados, o trabajando. Hace bastantes días que no la veo. Ahora está tan ocupada….

Lo raro era que en casa todo aparecía perfectamente ordenado. La ropa nos esperaba planchada encima de la silla. El desayuno dispuesto en la cocina. Las habitaciones limpias. Incluso el patio estaba regado. Y al volver del colegio, la comida lista para echarla en los platos. Pero ni rastro de mamá.

Hubo noches en que me despertaba un rumor de pasos y susurro de voces. Salía al pasillo llamándola, pero o tropezaba con el gato, o con alguno de mis hermanos que iba a beber agua. Antes de volver a mi cama entraba en su habitación, por si la encontraba acostada.

Sin embargo el dormitorio seguía vacío. Ni siquiera su ropa estaba sobre el solitario galán de noche. Sólo había una sábana blanquísima tirada en el suelo. Olía como ella. Apenado la recogía y la depositaba con mimo sobre el edredón preguntándome cuándo dejaría de jugar.

ENCUENTROS



Este verano encontré un ojo tirado en la acera. Al mirarlo sorprendido sentí su llamada de socorro. Me incliné y lo cogí suavemente. Su tristeza mojó mis dedos. Al asomarme a su pupila pude ver al hombre que lo había perdido y el hueco negro que había dejado en su cara. Rabioso de dolor lo buscaba con insistencia. Lo guardé con cuidado en la mano para que no sufriera ningún daño y empecé a recorrer la ciudad para localizar a su dueño.

Durante toda la tarde estuve pendiente de él, mirándolo de reojo para no molestarlo. Me conmovía su tristeza, pero al ir pasando las horas cada vez estaba más enfadado. Había momentos en que daba pequeños saltos haciéndome creer que iba a lanzarse al suelo.  Hubo un momento en que me pareció ver en su mirada un chispazo torvo. Este ojo era diferente de los ojos sinceros que conocía. Pero después de varias horas juntos le fui restando importancia. Él cada vez estaba más indignado. Cansado de sentir su humedad en mi bolsillo compré una cajita donde dejarlo para evitar que se estropeara.

Lo puse sobre un trozo de algodón, con cuidado, como si fuera una joya. Me miró furioso. Seguí paseando por las calles intentando averiguar dónde había un tuerto que lo necesitara. Todos los que encontré ya se habían conformado con su suerte, llevaban un ojo de cristal, o aspiraban a uno del mismo color al que ya tenían. Nadie lo quiso. Con el tiempo decidí no llevarlo conmigo y lo olvidé en un cajón.

Una noche volvía tan ensimismado a casa que no pude evitar tropezarme con un tipo y su navaja. Era una sombra oscura que me sujetó con fuerza. Al quedar su cara cerca de la mía distinguí su mirada torva. Esa mirada me era familiar. Todo fue rápido. Ni siquiera tuve tiempo de decirle que sabía dónde estaba su ojo.