En esa casa que años después se
llevó la piqueta, nací yo. Fue una madrugada de otoño, antes de
que los mayores empezaran su labor. Del vientre de mi madre salió
una niña flaca, de ojos grandes y pelo escaso.
Era una mañana fresca de final de
octubre, pero en los balcones florecieron los geranios y los
gorriones se acercaron a la ventana para ver qué pasaba. Hasta el
gallo de porcelana que la abuela tenía en la alacena y nadie sabía
de dónde lo había sacado, cantó. Era la primera nieta.
Todos los vecinos de la casa pasaron
a conocer a la que acababa de venir al mundo. Las habitaciones, que
siempre olían a cuero, se impregnaron con el olor al cocido que la
abuela aderezó para celebrarlo. Sin embargo, cuando las visitas
entraban en el patio olían a recién nacido y no tenían más que
seguir el rastro para encontrarme.
También los difuntos de la familia
acudieron a verme. Y como en el camposanto no venden regalos, mi
abuelo Julián me dejó su nombre, que luego mi madre limpió un
poco y le quitó la letra “N”. Los demás habían venido con las
manos vacías, pero no importaba. Aún así fue una gran fiesta la
que se organizó entre vivos y muertos.
Al ver aquella alegría, las demás
mujeres de la vivienda se acariciaron la barriga estéril deseando
que los hijos también brotaran. Soñaron, que de los colchones de
todas las alcobas salían risas y olor a leche materna que se
extendía por la calle. Que las madres del vecindario se reunían por
la tarde en el patio con sus bebés, y que el gozo se prolongaba por
todo el pueblo.
Sin embargo, sólo fueron sueños de
unos pocos días. Enseguida vino la realidad con su rutina, sus
estrecheces y sus penurias. A ningún otro vecino visitó la cigüeña
que se dio cuenta de la pobreza de aquella gente. Las mujeres se
quedaron con sus vientres vacíos de siempre, y el ambiente volvió a
oler al cuero, que era lo único que traían los hombres del taller.
Temerosa, mi madre cerraba la puerta
cuando me daba de mamar para evitar envidias. Si bien su miedo era
inútil, porque en cuanto me asomaba al rellano, todas las puertas se
entreabrían y todos me obsequiaban con una sonrisa. Era lo único
que tenían. Era cosa de aquel tiempo.