CATULO, poema



Odio y amo. Tal vez preguntes por qué lo hago.

No lo se, pero siento que es así y me torturo.


Cayo Valerio Catulo, poeta latino

GUERRA

    Lena acababa de cumplir nueve años cuando ocurrió. Era verano. La maestra había cerrado la escuela. Las vacaciones las pasaría cuidando a sus hermanos y a los otros niños que su madre amamantaba.

    De aquel día siniestro recuerda las caras descompuestas por el pánico de la gente con la que se cruzó por la calle. También cuando se sentaron a la mesa, escuchó a sus padres hablar con voz temblorosa de lo que sucedía.

    Por todos los corrillos se oía susurrar la palabra guerra. Guerra. Qué era la guerra. Ella no lo sabía. Pero esa noche vio a su padre asegurar la puerta. A pesar del calor durmieron con las ventanas cerradas. Ella pensó que quizás de esa manera no entraría la guerra en su casa. Pero no fue así.

    A la mañana siguiente los despertó un ruido espantoso. Venía del cielo y rugía, acercándose y alejándose una y otra vez. Lena y sus hermanos, todos en la misma cama, se encogían y se hundían entre el colchón cada vez que lo oían aproximarse. Porque ahora la entrada de la casa estaba libre. Las puertas de las casas debían permanecer abiertas. Las instrucciones así lo habían ordenado.

    Durante varios días sombras aterradoras entraban y salían registrando y desordenando toda la casa. Golpeaban armarios y abrían baúles aplastando su vida y sus recuerdos. Y Lena y sus hermanos, cada vez más encogidos, seguían hundidos en el colchón, sin levantarse, sin comer, con los ojos cerrados para no ver venir a la guerra.

    Cuando días después salieron a la calle, todo parecía distinto. Las callejas y las plazas estaban vacías. El temor y la desconfianza deambulaban entre el vecindario. Las botas negras y los fusiles se habían paseado por el pueblo llevándose a algunos vecinos.

    Lena vivió esos años en constante sobresalto. Nunca sabía cuándo iban a volver las sombras para hacerles daño. La piel se le llenó de pústulas y los sueños de pesadillas. Ella y sus hermanos dejaron de crecer para seguir apiñados en el colchón hasta que las sombras siniestras acabaron su guerra. Entonces la madre les dejó salir a la calle en ruinas para que por fin aprendieran a jugar.


INCA GARCILASO DE LA VEGA

Escritor fallecido el mismo día que Shakespeare y Cervantes.
INCA GARCILASO DE LA VEGA
Considerado el más emblemático representante del mestizaje hispanoamericano como proceso cultural y como estímulo para la creación, el Inca Garcilaso de la Vega es también ejemplo paradigmático del humanismo renacentista inserto en (y en conflicto con) el contexto de la conquista y colonización de América.

«El Inca Garcilaso de la Vega, varón insigne, digno de perpetua memoria, ilustre de sangre, perito en letras, valiente en armas, hijo de Garcilaso de la Vega de las casas ducales de Feria e Infantado, y de Isabel Palla, sobrina de Huayna Cápac, último Emperador de Indias. Comentó La Florida, tradujo a León Hebreo y compuso los Comentarios Reales. Vivió en Córdoba con mucha religión, murió ejemplar; dotó esta capilla, enterróse en ella; vinculó sus bienes al sufragio de las ánimas del Purgatorio».
"Aunque en Indias si dicen sois un mestizo lo toman por menosprecio, me lo llamo yo a boca llena".
Inca Garcilaso de la Vega

DE AQUEL TIEMPO


En esa casa que años después se llevó la piqueta, nací yo. Fue una madrugada de otoño, antes de que los mayores empezaran su labor. Del vientre de mi madre salió una niña flaca, de ojos grandes y pelo escaso.

Era una mañana fresca de final de octubre, pero en los balcones florecieron los geranios y los gorriones se acercaron a la ventana para ver qué pasaba. Hasta el gallo de porcelana que la abuela tenía en la alacena y nadie sabía de dónde lo había sacado, cantó. Era la primera nieta.

Todos los vecinos de la casa pasaron a conocer a la que acababa de venir al mundo. Las habitaciones, que siempre olían a cuero, se impregnaron con el olor al cocido que la abuela aderezó para celebrarlo. Sin embargo, cuando las visitas entraban en el patio olían a recién nacido y no tenían más que seguir el rastro para encontrarme.

También los difuntos de la familia acudieron a verme. Y como en el camposanto no venden regalos, mi abuelo Julián me dejó su nombre, que luego mi madre limpió un poco y le quitó la letra “N”. Los demás habían venido con las manos vacías, pero no importaba. Aún así fue una gran fiesta la que se organizó entre vivos y muertos.

Al ver aquella alegría, las demás mujeres de la vivienda se acariciaron la barriga estéril deseando que los hijos también brotaran. Soñaron, que de los colchones de todas las alcobas salían risas y olor a leche materna que se extendía por la calle. Que las madres del vecindario se reunían por la tarde en el patio con sus bebés, y que el gozo se prolongaba por todo el pueblo.

Sin embargo, sólo fueron sueños de unos pocos días. Enseguida vino la realidad con su rutina, sus estrecheces y sus penurias. A ningún otro vecino visitó la cigüeña que se dio cuenta de la pobreza de aquella gente. Las mujeres se quedaron con sus vientres vacíos de siempre, y el ambiente volvió a oler al cuero, que era lo único que traían los hombres del taller.

Temerosa, mi madre cerraba la puerta cuando me daba de mamar para evitar envidias. Si bien su miedo era inútil, porque en cuanto me asomaba al rellano, todas las puertas se entreabrían y todos me obsequiaban con una sonrisa. Era lo único que tenían. Era cosa de aquel tiempo.

LA TIERRA QUE PISAMOS

Toda la vida huyéndonos. Toda la vida tapando la piel de las mujeres, hurtándoles a los niños las caricias. Y ahora, apagados los alientos, irónicamente mezclados. ¡Qué hermosa hubiera sido esta cercanía en otro tiempo! Hombres, mujeres, ancianos, niños, familiares, amigos, desconocidos, reunidos. Juntos los cuerpos en una aleación indestructible. Quizá, como dicen, en algún momento fuimos uno. No solo un cuerpo, sino un solo ser. Nosotros, los árboles, las rocas, el aire, el agua, los utensilios. La tierra. 

Fragmento de "La tierra que pisamos", de Jesús Carrasco