SOLEDAD DE ESCRITOR

Yo no era más que un montón de papeles a medio escribir encerrados en aquellas cajas de cartón. También había subrayado ciertas frases en los libros que allí guardaba, y eso era parte de mí. Nada. 

Del libro de Rafael Chirbes  "Mimoun"

EL HOMBRE JUNTO AL MAR

Hay un hombre tirado junto al mar
Pero no pienses que voy a describirlo como a un
ahogado
Un pobre hombre que se muere en la orilla
Aunque lo hayan arrastrado las olas
Aunque no sea más que una frágil trama que respira
Unos ojos
Unas manos que buscan
        certidumbres
        a tientas
Aunque ya no le sirva de nada
gritar o quedar mudo
 y la ola más débil
lo pueda destruir y hundir en su elemento.
Yo sé que él está vivo
A todo lo ancho y largo de su cuerpo.


HEBERTO PADILLA,  Poeta cubano.
 De "el hombre junto al mar" 1981

LOS NADIE

La consecuencia de no saber quiénes son mis padres es que soy hijo de nadie. No sé quién me ha gestado, ni de quién he nacido.

Quiero recordar que aparecí un día acurrucado al lado de un árbol caído. Allí me encontró un gato callejero que salía todas las noche a deambular. Me vio tan solo que me invitó a su escondrijo. Allí lo esperaba su mujer, una gata persa de pelo negro y lacio que había parido recientemente. La señora gata dijo que seguramente yo era un cachorro de perro que se había extraviado, aunque no le importó darme de mamar. Después me devolvieron de nuevo al parque.

Mi lloriqueo llamó la atención de un perro lobo. Me olió, me lamió y me llevó con él. Creí que por fin había encontrado una familia. Estos sí eran de mi tamaño. Con sus hijos jugué, comí y crecí un tiempo. Sin embargo, cuando mis dientes se quedaron pequeños e incapaces de roer un hueso, sentía hambre sin parar. Los perros se apiadaron de mí y me dejaron cerca de los cubos de basura de un supermercado.

Me encontró un hombre mientras yo buscaba comida entre los desperdicios. Me cogió con cuidado y me acarició despacio. Yo le olisqueé y le lamí el brazo. El hombre era grande, de piel muy suave. Sus manos enormes me transportaron hasta una casa. Nos recibieron su mujer, que me miró horrorizada y dos hijos que se asustaron cuando me vieron tan negro. Los tres gritaron está sucio. El hombre me metió en la bañera y frotó mi cuerpo hasta dejarme casi tan claro como ellos. Me dieron comida. Pero yo oía al hombre y a la mujer cuchichear muy enfadados. Esa noche me mandaron a la calle.

El hombre de las manos enormes me llevó en silencio hasta la puerta de un gran edificio oscuro. Me dejó allí y me quedé quieto. Cerré los ojos. Unas manos blandas me recogieron. Tuve miedo, pero al abrir los ojos vi que me rodeaban otros como yo. Otros nadie.

Ahora sé que no soy un gato, ni un perro. Soy un niño. El hijo de nadie.

NANAS DE LA CEBOLLA

La cebolla es escarcha
cerrada y pobre.
Escarcha de tus días
y de mis noches.
Hambre y cebolla,
hielo negro y escarcha
grande y redonda.
En la cuna del hambre
mi niño estaba.
Con sangre de cebolla
se amamantaba.
Pero tu sangre,
escarchada de azúcar
cebolla y hambre.
Una mujer morena
resuelta en lunas
se derrama hilo a hilo
sobre la cuna.
Ríete niño
que te traigo la luna
cuando es preciso.
Tu risa me hace libre,
me pone alas.
Soledades me quita,
cárcel me arranca.
Boca que vuela,
corazón que en tus labios
relampaguea.
Es tu risa la espada
más victoriosa,
vencedor de las flores
y las alondras.
Rival del sol.
Porvenir de mis huesos
y de mi amor.
Desperté de ser niño:
nunca despiertes.
Triste llevo la boca:
ríete siempre.
Siempre en la cuna
defendiendo la risa
pluma por pluma.
Al octavo mes ríes
con cinco azahares.
Con cinco diminutas
ferocidades.
Con cinco dientes
como cinco jazmines
adolescentes.
Frontera de los besos
serán mañana,
cuando en la dentadura
sientas un arma.
Sientas un fuego
correr dientes abajo
buscando el centro.
Vuela niño en la doble
luna del pecho:
él, triste de cebolla,
tú satisfecho.
No te derrumbes.
No sepas lo que pasa
ni lo que ocurre.
                        poema de Miguel Hernández, 

dedicado a todos los niños que encontrarán esta noche sus abarcas desiertas

DÍA DE REYES

Por el cinco de enero,
cada enero ponía
mi calzado cabrero
a la ventana fría.
Y encontraban los días,
que derriban las puertas,
mis abarcas vacías,
mis abarcas desiertas.
Nunca tuve zapatos,
ni trajes, ni palabras:
siempre tuve regatos,
siempre penas y cabras.
Me vistió la pobreza,
me lamió el cuerpo el río,
y del pie a la cabeza
pasto fui del rocío.
Por el cinco de enero,
para el seis, yo quería
que fuera el mundo entero
una juguetería.
Y al andar la alborada
removiendo las huertas,
mis abarcas sin nada,
mis abarcas desiertas.
Ningún rey coronado
tuvo pie, tuvo gana
para ver el calzado
de mi pobre ventana.
Toda la gente de trono,
toda gente de botas
se rió con encono
de mis abarcas rotas.
Rabié de llanto, hasta
cubrir de sal mi piel,
por un mundo de pasta
y un mundo de miel.
Por el cinco de enero,
de la majada mía
mi calzado cabrero
a la escarcha salía.
Y hacia el seis, mis miradas
hallaban en sus puertas
mis abarcas heladas,
mis abarcas desiertas.                                     

                     LAS ABARCAS DESIERTAS, poema de Miguel Hernández

La primera vez que leí la poesía de Miguel Hernández, “Las abarcas desiertas” me acordé de mi abuelo y se la dediqué a él. En su persona se cumplían las condiciones del cabrero pobre que nunca tuvo fortuna el día de Reyes. Mi abuelo era pastor.
La noche de Reyes ha sido siempre para mí la más hermosa del año. Desde que tengo recuerdos la ilusión la ha llenado. Nunca me han faltado los regalos. Aún hoy, con muchos años, cuando preparo los paquetes que abriremos por la mañana siento lo mismo.
Sin embargo, mañana habrá muchos ojos que cuando miren su calzado estará desierto, estará vacío.

VALS EN LAS RAMAS

Cayó una hoja
y dos
y tres.
Por la luna nadaba un pez.
El agua duerme una hora
y el mar blanco duerme cien.
La dama
estaba muerta en la rama.
La monja
cantaba dentro de la toronja.
La niña
iba por el pino a la piña.
Y el pino
buscaba la plumilla del trino.
Pero el ruiseñor
lloraba sus heridas alrededor.
Y yo también
porque cayó una hoja
y dos
y tres.
Y una cabeza de cristal
y un violín de papel
y la nieve podría con el mundo
si la nieve durmiera un mes,
y las ramas luchaban con el mundo
una a una,
dos a dos,
y tres a tres.
¡Oh duro marfil de carnes invisibles!
¡Oh golfo sin hormigas del amanecer!
Con el muuu de las ramas,
con el ay de las damas,
con el croo de las ranas,
y el gloo amarillo de la miel.
Llegará un torso de sombra
coronado de laurel.
Será el cielo para el viento
duro como una pared
y las ramas desgajadas
se irán bailando con él.
Una a una
alrededor de la luna,
dos a dos
alrededor del sol,
y tres a tres
para que los marfiles se duerman bien.               Poema de Federico García Lorca

ROMANCE DE LA LUNA

La luna vino a la fragua
con su polisón de nardos.
El niño la mira mira.
El niño la está mirando.
En el aire conmovido
mueve la luna sus brazos
y enseña, lúbrica y pura,
sus senos de duro estaño.
Huye luna, luna, luna.
Si vinieran los gitanos,
harían con tu corazón
collares y anillos blancos.
Niño déjame que baile.
Cuando vengan los gitanos,
te encontrarán sobre el yunque
con los ojillos cerrados.
Huye luna, luna, luna,
que ya siento sus caballos.
Niño déjame, no pises,
mi blancor almidonado.
El jinete se acercaba
tocando el tambor del llano.
Dentro de la fragua el niño,
tiene los ojos cerrados.
Por el olivar venían,
bronce y sueño, los gitanos.
Las cabezas levantadas
y los ojos entornados.
¡Cómo canta la zumaya,
ay como canta en el árbol!
Por el cielo va la luna
con el niño de la mano.
Dentro de la fragua lloran,
dando gritos, los gitanos.
El aire la vela, vela.
el aire la está velando.                         Poema de Federico García Lorca