LOS NADIE

La consecuencia de no saber quiénes son mis padres es que soy hijo de nadie. No sé quién me ha gestado, ni de quién he nacido.

Quiero recordar que aparecí un día acurrucado al lado de un árbol caído. Allí me encontró un gato callejero que salía todas las noche a deambular. Me vio tan solo que me invitó a su escondrijo. Allí lo esperaba su mujer, una gata persa de pelo negro y lacio que había parido recientemente. La señora gata dijo que seguramente yo era un cachorro de perro que se había extraviado, aunque no le importó darme de mamar. Después me devolvieron de nuevo al parque.

Mi lloriqueo llamó la atención de un perro lobo. Me olió, me lamió y me llevó con él. Creí que por fin había encontrado una familia. Estos sí eran de mi tamaño. Con sus hijos jugué, comí y crecí un tiempo. Sin embargo, cuando mis dientes se quedaron pequeños e incapaces de roer un hueso, sentía hambre sin parar. Los perros se apiadaron de mí y me dejaron cerca de los cubos de basura de un supermercado.

Me encontró un hombre mientras yo buscaba comida entre los desperdicios. Me cogió con cuidado y me acarició despacio. Yo le olisqueé y le lamí el brazo. El hombre era grande, de piel muy suave. Sus manos enormes me transportaron hasta una casa. Nos recibieron su mujer, que me miró horrorizada y dos hijos que se asustaron cuando me vieron tan negro. Los tres gritaron está sucio. El hombre me metió en la bañera y frotó mi cuerpo hasta dejarme casi tan claro como ellos. Me dieron comida. Pero yo oía al hombre y a la mujer cuchichear muy enfadados. Esa noche me mandaron a la calle.

El hombre de las manos enormes me llevó en silencio hasta la puerta de un gran edificio oscuro. Me dejó allí y me quedé quieto. Cerré los ojos. Unas manos blandas me recogieron. Tuve miedo, pero al abrir los ojos vi que me rodeaban otros como yo. Otros nadie.

Ahora sé que no soy un gato, ni un perro. Soy un niño. El hijo de nadie.

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