ABUELAS

Mi abuela era pequeñita. Andaba encorvada debido al peso de una enorme concha que decidió vivir sobre su espalda. Su pelo estaba bañado de plata. Siempre lo llevaba recogido en un moño. Sus ojos oscuros barrían el suelo con la mirada.
Era muy joven cuando su marido se quedó en el monte para cuidar un rebaño fantasma. Desde entonces vivió con sus tres hijos, delgados como palos, en los que se apoyaba para andar. Era madrugadora. Todos los días iba al obrador de la pastelería para proyectar dulces. En su casa hacía empanadillas, entonces invitaba a sus nietas a merendar. Un día se fue de vacaciones, al volver se había cansado de vivir.





Mi abuela era muy grande. Su enorme cuerpo se movía despacio y para andar lo sujetaba con las manos apoyadas en las caderas. La cabeza erguida la adornaba con un moño plateado. Sus ojos, siempre muy abiertos, un día se quedaron mirando al vacío.
Vestía de negro desde que su primera hija una noche decidió irse a jugar con las sombras. Los hijos que se quedaron a su alrededor no lograron pintarle la ropa. Le gustaba leer, y se inventaba historias que luego contaba en las noches de invierno a su nieta. Adoraba su casa, y tomaba el sol en la puerta de la calle mientras hablaba con sus fantasmas. Cuando no pudo hacerlo, decidió irse con ellos.


LA SERPIENTE GRIS



La carretera dividía el pueblo en dos. A su izquierda asomaba una hilera de calles. Casi todas ascendían hacia la colina, que con su tierra roja, pintaba las fachadas de los edificios los días de viento. Las casas, renqueantes, se apoyaban unas en otras acusando el cansancio de tantos años. En ese lado estaba la plaza, la iglesia, el ayuntamiento, la fuente, la ermita, las eras, los pajares. Las fábricas repartidas aquí y allá esparciendo su olor a cuero, la escuela, el cine. Mi casa.

El lado derecho era llano. Las casas se erguían majestuosas siguiendo la línea ondulada del asfalto. De nuevo más fábricas, la acequia, el río, el puente, las huertas, el cementerio.

Cada domingo, su pavimento contemplaba el brillo de los zapatos recién estrenados de los vecinos. Todos salían luciendo sus trajes de fiesta. Todos paseaban siguiendo el camino que les marcaba. Nadie oía su tenue y placentero silbido.

Era la que mandaba por donde iban a discurrir las procesiones solemnes, las charangas, los conciertos de la banda de música y los lentos cortejos fúnebres que, al llegar el momento de la despedida, los conducía hasta el campo santo.

A los lugareños de más edad los colocaba en dos bancos de piedra muy gastados por el uso y emplazados uno a cada lado de sus orillas. Pasaban sus días hablando con el de al lado, otros, simplemente miraban sus recuerdos. Al acercarse su final, todos oían su siseo.

De cuando en cuando, un coche la atravesaba despacio para no molestarla. Se retorcía y enroscaba cuando circulaban los camiones cargados de cajas llenas de zapatos, porque aplastaban su tierra. Y trataba de ahogarlos, estrechando alguno de sus tramos

Al único que soportaba era al autobús de línea, porque le traía nuevos habitantes y se llevaba a los que a ella le disgustaban. Todos los días, a las once de la mañana y de nuevo a las cinco de la tarde, una comitiva de viajeros se deslizaba por su columna gris y los conducía directamente al garaje.

Una tarde de enero, atraídas por su silbo, mi madre, mi hermana y yo, acompañadas por mi tía y mis primos, recorrimos la calzada plomiza hasta la estación de autobuses sin pronunciar palabra. Todas íbamos mirando el suelo, Arrastrando la despedida.

Cuando subimos al vehículo, ocupamos los últimos asientos y con la nariz pegada al cristal les dije adiós a mi tía, a mis primos, a mis amigas, a mi escuela. A mi casa. Mientras el autobús se deslizaba por la serpiente gris, mi hermana reía sentada en las piernas de mi madre agarrada a su muñeca.