Mi abuela era pequeñita. Andaba
encorvada debido al peso de una enorme concha que decidió vivir
sobre su espalda. Su pelo estaba bañado de plata. Siempre lo llevaba recogido
en un moño. Sus ojos oscuros barrían el suelo con la mirada.
Era muy joven cuando su marido se
quedó en el monte para cuidar un rebaño fantasma. Desde entonces
vivió con sus tres hijos, delgados como palos, en los que se apoyaba
para andar. Era madrugadora. Todos los días iba al obrador de la
pastelería para proyectar
dulces. En su casa hacía empanadillas, entonces
invitaba a sus nietas a merendar. Un día se fue de vacaciones, al
volver se había cansado de vivir.
Mi abuela era muy grande. Su enorme
cuerpo se movía despacio y para
andar lo sujetaba con las manos apoyadas en las caderas. La cabeza
erguida la adornaba con un moño plateado. Sus ojos, siempre muy
abiertos, un día se quedaron mirando al vacío.
Vestía de negro desde que su primera
hija una noche decidió irse a jugar con las sombras. Los hijos que
se quedaron a su alrededor no lograron pintarle la ropa. Le gustaba
leer, y se inventaba historias que luego contaba en las noches de
invierno a su nieta. Adoraba su casa, y tomaba el sol en la puerta de
la calle mientras hablaba con sus fantasmas. Cuando no pudo hacerlo,
decidió irse con ellos.