La carretera dividía el pueblo en
dos. A su izquierda asomaba una hilera de calles. Casi todas
ascendían hacia la colina, que con su tierra roja, pintaba las
fachadas de los edificios los días de viento. Las casas,
renqueantes, se apoyaban unas en otras acusando el cansancio de
tantos años. En ese lado estaba la plaza, la iglesia, el
ayuntamiento, la fuente, la ermita, las eras, los pajares. Las
fábricas repartidas aquí y allá esparciendo su olor a cuero, la
escuela, el cine. Mi casa.
El lado derecho era llano. Las casas
se erguían majestuosas siguiendo la línea ondulada del asfalto. De
nuevo más fábricas, la acequia, el río, el puente, las huertas, el
cementerio.
Cada domingo, su pavimento
contemplaba el brillo de los zapatos recién estrenados de los
vecinos. Todos salían luciendo sus trajes de fiesta. Todos paseaban
siguiendo el camino que les marcaba. Nadie
oía su tenue y placentero silbido.
Era la que mandaba por donde iban a
discurrir las procesiones solemnes, las charangas, los conciertos de
la banda de música y los lentos cortejos fúnebres que, al llegar el
momento de la despedida, los conducía hasta el campo santo.
A los lugareños de más edad los
colocaba en dos bancos de piedra muy gastados por el uso y emplazados
uno a cada lado de sus orillas. Pasaban
sus días hablando con el de al
lado, otros, simplemente miraban sus recuerdos. Al
acercarse su final, todos oían su siseo.
De cuando en cuando, un coche la
atravesaba despacio para no molestarla. Se retorcía y enroscaba
cuando circulaban los camiones cargados de cajas llenas de zapatos,
porque aplastaban su tierra. Y trataba de ahogarlos, estrechando
alguno de sus tramos
Al único que soportaba era al
autobús de línea, porque le traía nuevos habitantes y se llevaba a
los que a ella le disgustaban. Todos los días, a las once de la
mañana y de nuevo a las cinco de la tarde, una comitiva de viajeros
se deslizaba por su columna gris y los conducía directamente al
garaje.
Una tarde de enero, atraídas por su
silbo, mi madre, mi hermana y yo, acompañadas por mi tía y mis
primos, recorrimos la calzada plomiza hasta la estación de autobuses
sin pronunciar palabra. Todas íbamos mirando el suelo, Arrastrando
la despedida.
Cuando subimos al vehículo, ocupamos
los últimos asientos y con la nariz pegada al cristal les dije adiós
a mi tía, a mis primos, a mis amigas, a mi escuela. A mi casa.
Mientras el autobús se deslizaba por la serpiente gris, mi hermana
reía sentada en las piernas de mi madre agarrada a su muñeca.
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