Quise nacer de la mano de mi hermana
gemela. Desde siempre habíamos estado así, agarradas. Al salir nos
separaron. Ella fue la primera. Mi madre no esperaba que vinieran dos
niñas, y a la segunda no la quiso ver.
A mi hermana si le habían preparado
una cunita. Sábanas bordadas, mantas de algodón y suaves pañales.
Cuando aparecí en escena, mi madre ya la estaba acunando entre sus
brazos. Mi padre miraba con cara de preocupación el decorado y el
médico seguía haciendo su trabajo conmigo.
El doctor se cansó de insistir. Mi
padre para entonces me había encargado una cajita blanca y una
mortaja. Allí me colocaron, sola, sin mi hermana. A ella se la quedó
mamá. A mí me guardaron en un lugar oscuro, desde donde la llamo
para que venga a jugar conmigo.
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