LA MUJER A LA QUE NO QUISE MATAR

Yo no quería matarla, pero el caso que ahí estaba, tendida en el suelo. Con el corazón abierto. La sangre y la vida se iban de su cuerpo manchando su vestido y la calle. Estábamos en guerra.

La piel del rostro ya rozaba el color de la cera. El pelo, peinado en un moño, descansaba sobre el pavimento. Sólo un mechón se había escapado cubriéndole la frente. Los ojos, que permanecían abiertos queriendo ver el resto de la escena, alguien se acercó a cerrárselos. El vestido, salpicado de flores muy pequeñas, quedó extendido sobre la acera cubriendo parte de unas piernas desmayadas por el impacto de la descarga. Y el zapato izquierdo continuaba muy serio esperando al pie que ya no escondería.

Estábamos en guerra. Nos habían mandado a buscar a un fugitivo que se escondía en su casa. Ella abrió la puerta. Yo vi la sombra del hombre. Iba a escaparse, y disparé. Estábamos en guerra. Sólo cumplíamos órdenes.

Yo la conocía. Se llamaba Inés, vivía en el pueblo con su familia. Era costurera. Era muy joven y simpática. Le gustaba leer y bailar. Era del bando contrario. Yo esperaba que nadie como ella nunca se cruzara en mi camino. Estábamos en guerra y cumplía órdenes. Mis superiores me habían enseñado cuál era mi deber. Ahora al mirarla, estaba dudando.

La sangre se iba deslizando por las flores de su vestido y todo se había vuelto rojo. También le había manchado el brazo. El mechón seguía tapándole la frente. Las uñas las llevaba pintadas. Su familia aullaba dentro de la casa sin atreverse a salir. Tampoco los vecinos. Yo seguía parado frente a ella con el fusil en la mano. Estábamos en guerra y esperaba órdenes.

Me quité la guerrera para cubrirla. La sangre seguía rezumando de su pecho cada vez más despacio. El pelo estaba perdiendo brillo y el aire deshacía el moño. Por sus manos desfallecidas ya no pasarían más hilos, ni más telas. Todas las que esperaban convertirse en trajes elegantes, se quedarían en la estantería.

-Chico, nos vamos.

Seguí allí parado, sin decir nada, con mi guerrera en la mano.

Era una joven que le gustaba leer y bailar. Yo la conocía. Ahora estaba muerta.

Hubo un silencio y de nuevo el camarada repitió:

-Ponte la zamarra chico, nos vamos. Estamos en guerra y debemos seguir cumpliendo órdenes.


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