Descubrí el lugar cuando era pequeña y todavía tenía coletas. Iba las tardes de domingo acompañando a mi tía y al que luego fue su marido. Estaba cerca del pueblo, entre dos montes, en un barranco tan pequeño y poco profundo que todos lo conocían como “el Barranquillo”. Era de fácil acceso, llegábamos a él remontando un poco la ladera. Desde arriba veías una roca que imitaba a una enorme concha de tortuga, muy lisa. Sólo la cruzaban algunas pequeñas hendiduras como finas líneas, por donde corrían hilillos de agua. También corría el agua a su alrededor, muy despacio, abrazándola como si de una delgada soga se tratara. Los juncos crecían en abundancia en su entorno alcanzando la altura suficiente para sentirte aislada del mundo. Si seguías subiendo, el barranco se estrechaba y encontrabas pequeñas pozas donde el agua descansaba.
Sentada sobre aquella piedra a la solana de las tardes festivas, construía barcos con las varas de los juncos y acompañada de mis cuentos y mi fantasía me convertía en un pirata navegando por el mar. Sólo me faltaba la tripulación. Para encontrarla tuve que esperar unos años hasta que crecieron mis primos. Entonces íbamos los tres a la que en secreto llamábamos “nuestra isla”. Allí navegamos, vivimos aventuras, y exploramos tierras desconocidas hasta entonces para nosotros.
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