INDIFERENCIA



No recuerdo ni el día ni la tienda donde compramos el vestido de la primera comunión. Yo era sólo un maniquí al que iban probándole diferentes modelos. Unos con lazos, otros sin ellos. Este con marga larga, ese de corta. Al final, las dos se decidieron por el más emperifollado. Con ese vestido no podía pasar desapercibida. En la iglesia cada niña teníamos nuestro sitio. No recuerdo nada de la ceremonia, que fuera lo que el vestido me molestaba en la cintura. Tanta obsesión con el blanco vestido y a mí me era indiferente. Sólo esperaba llegar a casa para quitármelo.

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