Siempre
deseé volar. Desde muy pequeña, sentía una gran envidia cuando mi madre
comentaba que alguien cercano a nosotros se había ido al cielo. El cielo, ese
lugar lejano a donde a mí me gustaría llegar.
Allí
se fueron mis abuelos, la madre de mi vecina, un hermano de mi padre. Todos
conocidos y ni me había dado cuenta de cuándo les empezaron a nacer las alas.
Los primeros me pillaron por sorpresa, por eso a partir del viaje de la abuela
Lola, aprovechaba cualquier ocasión para
pasar despacio la mano por la espalda de mis padres, de mi hermano, y estar atenta de cuándo les comenzaban a crecer.
Compartí
mi secreto con Sara, mi mejor amiga, para que me ayudara, pero me
decepcionó al decirme una tarde: se ha ido mi tía, pero no he notado nada
raro en su espalda.
En
mi cumpleaños me regalaron un libro con estampas de ángeles y me sentí feliz al
ver que también había niños con alas. Quizá no tuviera que esperar a ser mayor.
Envidiaba
a los pájaros. Me pasaba horas y horas mirándolos desde mi ventana. Vivía en el
octavo piso, el más alto del edificio. Desde allí veía las copas de los
árboles, incluso algún nido con los polluelos recién nacidos, todos con sus
alitas.
Me
llevé una gran alegría el verano que mis padres decidieron que toda la familia
haríamos un viaje en avión. Mi asiento daba a la ventanilla. Desde allí veía el
ala izquierda del aparato: brillante, enorme. Pero no, no eran esas alas las
que yo quería para mí, pesaban mucho, no hubiera podido levantarlas.
Prefería
las de los insectos. Sus alas sí que eran suaves y flexibles. Observándolos
encontré a algunos con alas transparentes, otros con venitas y otras que
brillaban imitando vidrieras de colores. Esas eran las que a mí más me gustaban Muchas
noches soñaba que yo era una mariposa y volaba.
Un
día decidí hacerme unas de papel. Saqué mi caja de manualidades y dibujé unas
muy grandes. Las pinté verde agua, mi color favorito. Eran muy ligeras. Me las
coloqué alrededor de los brazos y sentí su caricia. Al extenderlos noté como me
elevaba. Salí al balcón volando. Estaba emocionada. Pero mi vuelo duró poco.
Instantes después, las alas yacían rotas en la acera. Apenada, yo las miraba
desde el aire.
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