VAGÓN DE HUMO


Maela entró en la calle rodeada de sus amigas. Las tres reían y las tres llevaban calcetines cortos. Apoyado en la pared estaba Darik. Las luces acristaladas de la academia anunciaban la llegada de un verano con sabor a chocolate.
Los ojos de Darik se fijaron en la coleta de Maela. Los de Maela en el flequillo de Darik. Al entrar en clase, sus manos se rozaron. Sus carpetas cayeron desmayadas juntas y en un instante desaparecieron los compañeros.
A partir de entonces cada tarde la escena se repetía. Las horas dejaron de tener sesenta minutos. Las historias de los libros desaparecían sin ser contadas. Las hojas volaban. Las teclas de la máquina de escribir se hundían una y otra vez aporreadas por sus dedos. No les molestaba su sonido. La profesora era invisible.
A la salida los dos corrían para alcanzar el tranvía de las diez. Iba lleno. Pasaban al fondo. No había amigas. No había amigos.
Darik trabajaba la madera pero quería ser maquinista de tren y los dos se  imaginaban viajando juntos en un vagón de humo.
Para los paseos de domingo tenían una calle. Él, pantalón marino, ella pantalón marrón y los dos jersey celeste. En una de las aceras Darik había pintado una ventana desde la que, asomado, bromeaba con sus amigos.  En la otra acera Maela leía cartas. Y los dos se llamaban en silencio.
Maela le regaló a Darik una tarjeta donde había escrito su nombre. Él la invitó al cine. La oscuridad de la sala  les hizo creer que estaban solos, pero al encenderse las luces, en la butaca de al lado, de nuevo estaban los amigos.
En el baile olía a pan. Alguien puso en marcha el tocadiscos. Bailaron. La canción que sonaba era una premonición. Hablaba de una historia de amor que acababa desde el principio. Los amigos de Darik no bailaban. Revoloteaban a su alrededor imitando a un grupo de oscuros insectos. Las amigas de Maela debían estar pronto en casa. Ella no quería irse. Se la llevaron. Darik no la acompañó.
Siguieron unos meses más. Subían juntos al tranvía y andaban despacio para no llegar a casa. Hubo un beso de despedida. Fue la primera vez.
Una noche a Darik lo esperaban sus amigos en la parada. Acompañaban a una chica nueva. Maela entonces odió las faldas cortas. Todos hablaban y reían a la vez mientras se dirigían a casa. Darik  ya no veía a Maela.
Para ese viaje Maela buscó un asiento libre y durante todo el camino se entretuvo mirando por la ventanilla.



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