Esa mañana, al entrar en el bosque la lluvia humedecía nuestros zapatos. La niebla, iba y venía escondiéndose entre los troncos de las hayas. Algunas de las raíces de los árboles de más edad surgían del suelo vestidas de un verde intenso, para ponernos la zancadilla. Y las brujas, andando de puntillas, muy despacito, se paseaban intentando no estropear la alfombra dorada que el otoño había extendido.
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