Los reyes me pusieron una muñeca. Llevaba coletas y flequillo, como yo, pero ella era rubia, iba siempre bien peinada y con la cara brillante. Para que siguiera así, mi madre la colocó encima de un baúl y no la podía tocar. Me hice mayor y me cortaron las coletas. Ella seguía igual, impoluta e intocable. Un día se la regalé a mis vecinos y aquella misma tarde la despeinaron, le cortaron las trenzas y le mancharon la cara.
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