El Espejo


Una noche de insomnio en que el silencio de las tinieblas me empujó a vagar por los  pasillos de la casona, descubrí un mundo hasta entonces desconocido. Nada más doblar la primera esquina del corredor, tropecé con la sombra afilada de mi abuelo que seguía siendo miope y no me vio. En la cocina, el fantasma de la tata Lola seguía trajinando entre los fogones con la sábana llena de manchas. Al llegar al salón, un esqueleto vestido con un polvoriento esmoquin intentaba arrancarle al piano unas desafinadas notas. Y sentadas en un desvencijado sofá, cogidas de la mano, dos pequeñas momias vestidas de comunión, escuchaban la música con las cuencas de los ojos muy abiertas. Buscando un poco de soledad me encerré en el aseo, donde al mirarme al empañado espejo, se reflejó la imagen de mi bata azul.

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