ÚLTIMOS REYES
Avancé por el pasillo.
Las sombras me tendían emboscadas. Hacía unos instantes, desde la cama,
había oído ruidos sospechosos. Pasos, murmullos, puertas. Resoplidos
profundos de camello. Irrumpí en la sala con los pies descalzos y el
pulso galopante. Pero no había nadie. Sólo el árbol enredado entre
lianas de luces. Con las ramas ligeramente temblorosas como si una
ráfaga acabase de sacudirlas. Al pie del tronco destellaban los
paquetes. Me detuve a medirme frente al árbol. Acerqué la nariz a una
rama, me toqué la coronilla. El año anterior, por esas mismas fechas, mi
cabeza alcanzaba una rama más baja. Entonces me lancé al suelo y removí
las cajas. No me costó reconocerla. Respiré hondo, miré hacia el
pasillo: al fondo tintineaba el silencio. Desgarré ansiosamente el
envoltorio como el depredador que despelleja a su presa. Comprobé que
no me equivocaba. Sostuve el regalo que tanto había deseado. Lo elevé
ante mis ojos. Era eso, eso, eso. Al fin lo tenía. Esperé a que me
viniese alguna lágrima. A que se me erizase la pelusa de la nuca. A que
me entrase un cosquilleo en el estómago, algo. Pero me pareció que no
sentía nada. Nada, salvo un peso entre los brazos. Devolví el paquete al
suelo. Traté de reconstruir el envoltorio. Y con las mejillas
iluminadas, de rojo a verde, de verde a rojo, obtuve la primera
conclusión de mi vida.
Versión reducida de "Una rama más alta", cuento del libro "Hacerse el muerto" de Andrés Neuman.
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