SÍGUEME

Hay hombres que huyen de la tierra
y vuelven a ella como estuvieran
condenados al eterno retorno.
Llevan en su memoria y en su piel
el rastro de la nieve,
la voz de los antepasados, el lamento de los bosques,
el aullido de los lobos, la furia del vendaval.
Llevan en la sangre un rumor de lluvia,
el temblor de los vientos y el vuelo de los pájaros
que nunca quisieron ser cautivos del horizonte.
Hay juglares que se empapan de música, que atesoran
la cifra de las estaciones, la ebriedad de los ojos
de las madres enlutadas del campo.
Hay hombres que crecen y crecen y no dejan de ser niños,
hay niños que nunca dejan de ser viejos o crisálidas
de un sueño de cristales, de musgos y de escarchas.
Hoy me he cruzado con uno: es poeta, 
un viajero, el peregrino que entretiene los ocasos
con su acordeón ocre, el artista
de delirios que lleva en su cartera
de cuero el volcán de la utopía
y la gran colección de estilográficas
del poeta Rafael Pérez Estrada.
El rapsoda de sí mismo y de todos los espectros.
El brujo de una tribu de labriegos,
de buhoneros, de comerciantes y huidos.
Hablo de un alquimista de palabras,
de un pintor de curvas y colores
que adormecen todo el fuego.
Cuando estás ante él, y lo oyes, presientes que ya no eres dueño de tu vida ni de tus pasos.
Abre la boca y parece decirte "Sígueme. Sígueme.
Crucemos el territorio fértil de la poesía". 
Poema de Antón Castro de su libro "El musgo del bosque" y gracias por tu dedicatoria.

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