Un mirlo muerto, le respondo.
Nadie puede decir su precio y esto lo hace invalorable.
Un mirlo llega por accidente a un palacio y el noble que habita allí lo agasaja con la mejor música y el mejor vino. El mirlo, a pesar de todo, está triste y aturdido. Obligado por el noble, bebe unas gotas de vino y o osa soltar una nota entre la música estridente. Días después aparece muerto en el jardín. "¿Qué ha ocurrido?", no entiende el noble. Un sabio le da una sencilla explicación: agasajó al mirlo como le hubiese gustado que lo agasajaran a él, no como habría querido el mirlo.
fragmento de "El país imaginado" de Eduardo Berti
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