Aquella
era mi casa. La que cuando había niebla me esperaba al final del
camino con la puerta abierta. La que cuando había sol, brillaba con
su fachada blanca.
Aquella
casa era la de mi abuela. Allí tuvo a todos sus hijos y allí los
crió. Por eso todos decían que era suya. Aunque ellos vivían en
otras con sus mujeres y sus hijos. Era la casa de todos, incluso de
mis primos.
Pero
no, aquella sólo era mi casa. Yo vivía allí, sin embargo no nací
allí. Por eso cuando vino mi hermana y se le ocurrió nacer en ella,
se hizo la dueña.
Hasta
las vecinas pretendian que fuera un poco de ellas, y venían a buscar
agua.
Nos
fuimos a vivir a otro sitio sintiendo lo sola que dejábamos a
nuestra casa. Nos esperó un tiempo, envejaciendo cada día un poco.
Hasta que sus muros se derrumbaron y la piqueta se la llevó.
Ahora
sólo queda su recuerdo. Todos la hemos perdido. Todos seguimos
pensando que aquella era nuestra casa.
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