En esas sociedades donde tantos tenían hambre, algunos que no tenían se la imponían cada tanto: el hambre siempre fue una forma de purificación. Las religiones monoteístas mantienen relaciones intensas con el hambre: todas pretenden forzar ciertos ayunos, formas controladas de pasar hambre para demostrar que un dios -y sus esbirros- pueden hacernos hacer lo que no haríamos. Formas de violentarse en homenaje al poder más absoluto.
La religión necesita imponerse contrariando lo natural. Es la cultura en un sentido extremo: una cultura que no traduce este mundo sino creando otros. Ayunar es un triunfo de la cultura, un monumento al orgullo de la cultura. Para el pensamiento religioso -el pensamiento que imagina que hay algo mejor que los hombres, o sea: que los hombres somos una raza inferior -comer es una debilidad. Seríamos mejores si no debiéramos comer. Comer siempre fue pensado como una obligación pesada, baja; los seres superiores están exentos de ella. En la tradición cristiana nunca se dijo que Dios comiera nada; en la grecorromana, por ejemplo, aquellos dioses tan antropomórficos comían néctar y ambrosía. Ayunar es de ángeles -decían los cristianos-: está más allá de la naturaleza.
Ayunar es aceptar una interrupción en el orden natural: que un orden cultural se le impone -pero ese orden cultural, religioso, se presenta como sobrenatural o, mejor, prenatural: anterior a toda naturaleza, creador de toda naturaleza. La naturaleza es decadencia -la carne es decadente, alimentarse es decadente-; lo sobrenatural lo mejora y corrige.
No hay nada más vulgar que comer para matar el hambre.
fragmento de "El Hambre" de Martín Caparrós
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