El conde de Acerolo no había dado mala vida a su esposa; hasta podía preciarse de marido cortés, afable y correcto. Verificando un examen de conciencia, en el gabinete de la difunta, en ocasión de hacerse cargo de sus papeles y joyas, el conde solo encontraba motivos para alabarse a sí propio; ninguno para que la condesa se hubiese ido de este mundo minada por una enfermedad de languidez. En efecto; el matrimonio -según el criterio sensatísimo del conde- no era ni por asomos una novela romántica, con extremos, arrebatos y desates de pasión. ¡Ah, eso sí que no podía serlo el matrimonio! Y el conde no recordaba haber faltado jamás a estos principios de seriedad y cordura. Se le acusaría de otra cosa; nunca de poner en verso la vida conyugal. La respetaba demasiado para eso. No hay que confundir los devaneos y los amoríos con la santa coyunda. Y no los confundía el conde.
Abiertos el secreter y los armarios de triple luna, su contenido aparecía patente, revelando todos los hábitos de de una señora elegante y delicada....
fragmento del cuento "La flor seca" de Emilia Pardo Bazán, incluído en la antología de cuentos de violencia contra las mujeres "El encaje roto"
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