Acabo de levantarme cuando el teléfono empieza a sonar. Descuelgo.
- ¿Quién llama? –pregunto con voz somnolienta, acercándome el auricular.
Una voz espectral con tonos rosas pregunta:
- ¿Es usted M?
- Sí.
- ¿Quién llama? –vuelvo a repetir
- La muerte –contesta.
Pensando que alguien quiere gastarme una broma, cuelgo.
Todavía ando un poco adormilada. Estoy sola en casa y la llamada me ha dejado un sabor desagradable.
De nuevo suena el teléfono. No sé si descolgar, puede ser otra vez la chistosa de antes. Pero al ver que no se rinden al otro lado contesto.
- ¿Quién es?
La voz espectral con el mismo tono vuelve a preguntar:
- ¿Es usted M?
Suspiro ¡qué pesada! y le digo
- Sí, yo soy M.
La voz repite:
- Soy la muerte y llamo para que se prepare. Voy a pasarme por su casa a recogerla.
Decido seguirle la broma.
- Creo que primero voy a desayunar.
La voz:
- No le hará falta.
- También he de ducharme, maquillarme y ponerme un vestido presentable.
La voz:
- No esperaré. La hora de la siguiente persona llega.
Sin hacer caso a su comentario sigo:
- Además he de hacer unos recados antes de ir al trabajo. Luego comer con unas amigas y por la tarde tengo una cita para ir al cine…
La voz:
- Se acaba su tiempo.
La llamada se interrumpe. Ha colgado.
Dejo el teléfono y me dirijo a la cocina, las tostadas se van a enfriar. Llaman a la puerta. A estas horas será la vecina. Voy a abrir, aunque no me gusta salir a la escalera en pijama.
El timbre vuelve a sonar con insistencia.
- Ya voy…
Al final del día en mi contestador han dejado tres mensajes. El primero de mi trabajo, preguntando por qué no he acudido hoy a la oficina. El segundo de mis amigas, extrañadas al ver que no me he presentado a comer. El tercero, de la persona con la que me he citado para ir al cine. Me recuerda que mi butaca ha quedado vacía.
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