Hoy me vienen
a la memoria las imágenes de cuando naciste. Eras diminuta. Enseguida me fijé
en tus orejas. Tan pequeñas Casi transparentes. Parecía imposible que allí
fueran a caber todas las palabras que yo quería decirte. Por eso te hablaba
despacito. Tú sonreías.
Pasados unos
meses llegaron los incipientes balbuceos. Querías lanzar las primeras sílabas,
pero no te salían. Tu voz estaba escondida. Me asomaba a tu garganta para saber dónde se había metido. No veía
nada. Sólo podía distinguir un gran agujero que había en tus oídos por el que
se colaba el sonido cayendo al vacío. Algunas veces intentaba agarrarse a las
paredes con todas sus fuerzas, pero irremediablemente terminaba desapareciendo
en la caverna.
Buscamos una
solución. Viajamos a muchos sitios, recorrimos multitud de caminos para ver si
en algún rincón estaba el secreto. Descubrirlo, no fue fácil.
Dimos con él
un día al tropezarnos con un sabio que nos dijo que los mensajes te iban a
llegar por medio de los ojos. Te los abrió como si fueran ventanas. Por ellos
las letras se deslizaron despacio, para que se fueran depositando poco a poco
en los cajones de tu cerebro y de allí salieran por la boca convertidas en
palabras.
Además, a las
palabras les puso voz, una voz que vibraba en tu garganta y que él te enseñó a
sacar poco a poco. Y para que el sonido no se escapara por el inmenso agujero
de tus oídos te puso en las orejas unos tapones en forma de botón.
Te enseñó a
jugar con las palabras: delante del espejo, acompañada por cuentos y otras
veces ayudándote con los dedos de las manos. Poco a poco, entre juegos y risas,
las conociste a todas y el sabio te dio permiso para hablar con el resto del
mundo.
Antes de
despedirse de ti, te dio un consejo. Para
que las palabras penetren fácilmente por tus ventanas y no encuentren
obstáculos, nada ha de interponerse entre tus ojos y la boca de quien te habla.
Recuérdalo.
Precioso cuento Julia. Besazos
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