Aquella tercera noche, Ghy'ur tardó más que nunca en dormir. Cuando al fin lo logró, experimento dos Ecos.
En el primero era un niño de diez años que quería dar de comer a las palomas. Sus padres no se lo permitían. Decían que era mal emplear la comida. Que las cosas estaban muy mal para ponerse a alimentar a las "ratas con alas". Pese a todo, aprovechando que sus padres estaban pendientes de las holo-noticias, cogió la bolsa de plástico con el puñado de migajas que había reunido de las comidas de la última semana y se escabulló de la tienda de campaña. Su familia, como tantas otras, había acampado en la plaza, un lugar privilegidado porque significaba que el permiso para entrar en el nuevo refugio antinuclear estaba más cerca que nunca. Había muchos paramilitares custodiando la entrada. Mamá decía que antes era un museo, pero absurdo pensar que un museo iba a caber entero dentro de aquel cubo tan pequeño.
Buscó las palomas. Era por la tarde. Solían esconderse de las altas temperaturas acurrucadas en los huecos de la basílica. Pero no las encontró.
Entonces la plaza empezó a temblar. Las paredes de la basílica comenzaron a resquebrajarse. Los cristales reventaron salpicándolo todo de vidrio. Un estallido de luz verde le dañó los ojos durante unos largos segundos. Después el cierzo, mucho más fuerte y abrasivo de lo que había sido nunca, tiró a los transeúntes al suelo y volcó coches. Y entonces llegó el fuego, el fuego en todas partes, el fuego sobre su piel....
fragmento de "ECOS" relato de Irene J. Cisneros, publicado en ENJAMBRE.
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