APOLO

Cuando él llegó, yo era la encargada de seleccionar al personal que necesitaba la empresa para cubrir un puesto en el departamento de relaciones públicas.

Tenía muy claras las cualidades que debía poseer el aspirante. Empecé a mirar los currículos recibidos. Cuando vi su fotografía encabezando aquella hoja con sus datos decidí colarlo delante de los demás. Sería el primer entrevistado y lo cité a primera hora de la tarde.

Llegó puntual y le hicieron pasar a mi despacho. Por su acento observé que era extranjero – de Delfos, dijo sonriendo.

Aquello era más de lo que esperaba. Tenía todo el porte de un dios griego. El ejemplo perfecto de la belleza masculina. Confundida por la visión le indiqué nerviosa que tomara asiento y comencé mi trabajo.

A cada pregunta que le hacía, él contestaba con inteligencia. Era encantador en sus maneras. Valiente abordando los temas. Y rápido de reflejos en las respuestas.

Cuando le pregunté de cómo se había enterado de que a la empresa le hacía falta cubrir ese puesto. Su respuesta fue enigmática: - todo se lo debo a mi padre. Él me ha dado el conocimiento del destino y la profecía. Y yo vengo a ocuparlo, nada más.

Sin saber qué responder disimulé leyendo la larga lista de sus títulos:

- Graduado como sanador.

- Diplomado con matrícula de honor en tiro con arco.

- Licenciado como patrono de la música (especializado en la lira)

- Doctorado con el título que lo acredita como dueño de la verdad.

- Y además había sido distinguido con el Doctorado Honoris Causa por su capacidad como gran amante.

Aquello, junto con su seductora apariencia y sus grandes cualidades personales era mucho más de lo que pedíamos para adjudicar el puesto.

Di por terminada la entrevista, indicándole a continuación el día que debería incorporarse. Él me dio las gracias con una sonrisa fascinante, al tiempo que de su cartera sacaba un dorado ramito de laurel y lo depositaba en mi mano.

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