Si usted se la encuentra por la calle, cruce rápidamente a la otra acera y apriete el paso: es una mujer peligrosa. Ha rebasado los cincuenta años. Es una perfecta hija, hermana, madre de varios hijos y esposa de un honorable marido. Se levanta temprano. Todas las mañanas limpia la casa, hace la comida, compra lo necesario, friega, plancha lo menos posible, atiende a los hijos, escucha al marido cuando viene a comer. Además trabaja, pinta, cose, estudia, escribe, pasea, mira la televisión, lee. Los días de fiesta los dedica a descansar. Alguna vez va al cine. Y todos los días al levantarse conecta la radio. A veces visita a sus cuñadas. Y se reúne con las amigas. Tiene el pelo rizado, los ojos oscuros y las manos muy blancas. Siempre ha sido muy delgada. No le gusta conducir y es muy tímida. Conserva muchos recuerdos, pero los más secretos los guarda encerrados en la caja de su memoria para que nadie los pueda encontrar.
En su casa nunca la mandaron callar, pero desde pequeña le grabaron a fuego que los niños no hablaban si lo hacían los mayores. Y ella siempre fue muy obediente. Por esa razón nunca decía nada en voz alta al jugar con las muñecas. Tampoco al botar la pelota y jugar al corro cantaba las tradicionales cantinelas infantiles. La mirada reprobadora de su madre y su voz imperiosa la hacían enmudecer.
Un día fue a ver una película con sus padres y descubrió el sonido en el silencio del cine. En el sigilo de la sala oyó como crujían las palomitas de maíz. A partir de aquel día siguió sin hablar pero emitía pequeños ruiditos al chasquear la lengua. Los ruidos molestaban enormemente a su madre. La castigó sin comer hasta que dejó de hacerlos. Durante unos años sólo oyó la voz de su estómago vacío llamando a gritos a la comida en cuanto la veía en el plato de los demás, o pasaba por delante del escaparate de una pastelería. Pero cuando se la acercaba a su boca la encontraba sellada.
Para curar su manía la recluyeron en un colegio. Allí el silencio era una de las principales reglas. Incluso durante las comidas. Todas permanecían con la boca cerrada. En el recreo únicamente se oían susurros escondidos. Sólo eran autorizadas las miradas devotas. Las leves inclinaciones de cabeza y los gestos de recogimiento. Horrorizada observó que a las internas más antiguas se les estaba borrando la boca. Para evitar que a ella le pasara lo mismo, todos los días delante de un diminuto espejo oculto en el bolsillo de su bata, hacia ejercicios de gimnasia. Terminó el internado flaca como una aguja y sin atreverse a articular palabra.
Le buscaron un trabajo a su medida. Era en una fábrica donde el excesivo ruido impedía hablar y para comunicarse utilizaban señales luminosas. Se alegró en silencio y sólo cruzó con sus compañeros los destellos precisos.
No emitió mensaje alguno cuando en su casa le expusieron que había llegado el momento de buscar un marido y se conformó con el elegido por sus padres. Le pareció guapo y era fuerte y trabajador. Tenía una voz potente y hablaba por los dos. Al quedarse a solas con él en su nuevo hogar intentó echar fuera algunas de las palabras que hacía tiempo luchaban por salir. Pero en ese momento su pareja estaba viendo la televisión y le quitó el habla.
En su casa nunca la mandaron callar, pero desde pequeña le grabaron a fuego que los niños no hablaban si lo hacían los mayores. Y ella siempre fue muy obediente. Por esa razón nunca decía nada en voz alta al jugar con las muñecas. Tampoco al botar la pelota y jugar al corro cantaba las tradicionales cantinelas infantiles. La mirada reprobadora de su madre y su voz imperiosa la hacían enmudecer.
Un día fue a ver una película con sus padres y descubrió el sonido en el silencio del cine. En el sigilo de la sala oyó como crujían las palomitas de maíz. A partir de aquel día siguió sin hablar pero emitía pequeños ruiditos al chasquear la lengua. Los ruidos molestaban enormemente a su madre. La castigó sin comer hasta que dejó de hacerlos. Durante unos años sólo oyó la voz de su estómago vacío llamando a gritos a la comida en cuanto la veía en el plato de los demás, o pasaba por delante del escaparate de una pastelería. Pero cuando se la acercaba a su boca la encontraba sellada.
Para curar su manía la recluyeron en un colegio. Allí el silencio era una de las principales reglas. Incluso durante las comidas. Todas permanecían con la boca cerrada. En el recreo únicamente se oían susurros escondidos. Sólo eran autorizadas las miradas devotas. Las leves inclinaciones de cabeza y los gestos de recogimiento. Horrorizada observó que a las internas más antiguas se les estaba borrando la boca. Para evitar que a ella le pasara lo mismo, todos los días delante de un diminuto espejo oculto en el bolsillo de su bata, hacia ejercicios de gimnasia. Terminó el internado flaca como una aguja y sin atreverse a articular palabra.
Le buscaron un trabajo a su medida. Era en una fábrica donde el excesivo ruido impedía hablar y para comunicarse utilizaban señales luminosas. Se alegró en silencio y sólo cruzó con sus compañeros los destellos precisos.
No emitió mensaje alguno cuando en su casa le expusieron que había llegado el momento de buscar un marido y se conformó con el elegido por sus padres. Le pareció guapo y era fuerte y trabajador. Tenía una voz potente y hablaba por los dos. Al quedarse a solas con él en su nuevo hogar intentó echar fuera algunas de las palabras que hacía tiempo luchaban por salir. Pero en ese momento su pareja estaba viendo la televisión y le quitó el habla.
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