La
casa hace mucho tiempo que está deshabitada. La
puerta había huido.
Entro. La estancia es reducida y las losas del suelo
persisten en convivir en perpetuo desorden.
Al fondo una puerta desvencijada da paso a un huerto yermo. Al lado
arranca una escalera por la que se accede al piso superior. Subo los
peldaños medio hundidos. A
la izquierda hay una sala. Al
fondo de la estancia se ven dos alcobas vacías.
A
la derecha una cocina de lienzos y grises me invita a pasar. A un
lado una mesa coja
a punto de perder el equilibrio. Al fondo, como firmes guardianes,
dos bancos de madera que escoltan un hogar con el fuego apagado hace
tiempo. Retiro
el manto de polvo y me siento a esperar. Por el
ventanuco
abierto
entra el cierzo barriendo las cenizas de antiguas brasas. Siento
frío. Oigo pasos en la escalera. Alguien
sube despacio.
Una
señora mayor, de piel acartonada, entra.
Viste de negro con una falda muy gastada que le llega hasta los pies.
- Me alegro de que estés aquí. Soy
la tía Floren, hermana de tu bisabuela. Pronto vendrá el resto de
la familia. Te esperábamos.
Le
sonrío. Hermana de mi bisabuela. No la conocía. La familia no
conserva retratos de esa época.
Poco a poco van llegando.
Al entrar todos me besan como si me conocieran. Algunas caras me da
la sensación de haberlas visto antes. Sería
en el álbum familiar.
- Soy el abuelo Bernardo, me fui antes
de que tú nacieras. Y esta es la tía Manuela con su marido. Vivían
muy lejos y tampoco los conociste.
Dos
ancianos se acercan despacio, sonrientes me dan la bienvenida. De la
mano llevan a una joven con la cara muy sofocada por la fiebre. Los
dos dicen al unísono.
- Es la prima Elvira, se la llevó el
sarampión.
De
pronto veo entrar a mi abuela llevando en los brazos a una niña
pequeña. Es la tía Juana, la de la fotografía sepia. Se fue cuando
era un bebé, dejó
de respirar mientras dormía.
Se acerca y me abraza. La niña me sonríe. Tras ellas, con su
uniforme militar, entran los gemelos que murieron en la guerra, los
dos me saludan muy
marciales.
Y el primo Antón, todavía con la ropa mojada. Se ahogó en el río.
El
último en llegar es el tío Domingo. Me
cuenta que la familia no quiere abandonar la casona donde han vivido
siempre, y han decidido reunirse todas las tardes. Me invita a la
tertulia. Acepto la cita. A mí
no me importa convivir con fantasmas. Menos
si son
de la familia.
Es
una velada muy agradable. Todos hablan de cómo fueron
sus
vidas.
Aunque
no
hay pastas para las visitas y ninguno toma café. Algunos han acudido
vestidos
de domingo y zapatos brillantes. Otros visten el sudario con el que
los
enterraron y hay dos hermanas que llevan hábito. Para la cita yo
también luzco mi traje negro, el que me compré para la boda de mi
hijo, y aquellos zapatos de punta estrecha que me hacían tanto
daño. Mi mujer siempre decía entre risas, estos
los guardaremos para cuando te mueras.
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