Nació
de madrugada, aunque ahora no le gusta madrugar.
Enseguida
se dio cuenta de que había nacido cerca de
pieles
y suelas de zapatos, por el olor.
Llevó
chupete hasta los dos años,
y a los cuatro ya sabía leer.
A
los cinco se cambió de casa y jugaba sola a la pelota.
A
los nueve tuvo una hermana.
A
los once dejó su pueblo y se perdió en la ciudad.
El
día que hizo quince la acompañaron a casa, calzó
zapatos blancos,
estrenó vestido y hasta ilusiones.
Trabajó
en una oficina con un jefe con bigote,
todos
los días aporreaba las teclas de una Hispano Olivetti.
Como
casi todas las de su tiempo se casó,
tuvo
hijas y siguió trabajando en lo que le mandó la vida.
Al
cumplir cincuenta años se dio cuenta de que ya no le
quedaban por
vivir otros cincuenta y decidió hacer las
cosas que le gustaban.
Leyó
todos los libros que le dio la gana.
Viajó
a países que solo había soñado.
Tiene
una lista de los que le faltan por visitar.
Ahora
acompaña a un jubilado.
Y
espera no vivir hasta los cien años.
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