El olor a zapatos se metió en mi
nariz al llegar a la vida. Los primeros brazos que me acunaron olían a cuero y
a badana. Aprendí a andar con los zapatos que me hizo mi padre. Eran blancos y
se abrochaban con un botón. Las tardes de mi infancia están llenas de sonidos
de la máquina de coser, de tijeras recortando el cuero, imágenes de botas,
zapatos y sandalias. De vacaciones de verano pasadas entre ellos. De
ir y venir a la fábrica con el capazo para ayudar en la tarea. Desde hace muchos
años es olor de ausencia.
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